Martes 26 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

«Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique»: La palabra «gloria» designa aquí el esplendor, el poder y el honor propios de Dios. El Hijo es Dios igual al Padre, y desde su Encarnación y nacimiento, principalmente en su Muerte y Resurrección, ha manifestado su divinidad: «Hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre» (Jn 1,14). La glorificación de Jesucristo abarca un triple aspecto; primer, sirve para gloria del Padre, porque Cristo, obedeciendo el decreto redentor de Dios, da a conocer al Padre y lleva a término así la obra salvífica divina. Segundo, Cristo es glorificado porque su Divinidad, que ha estado velada voluntariamente, por fin va a manifestarse a través de su Humanidad que, después de la Resurrección, se mostrará revestida del mismo poder divino sobre toda creatura. Tercero, Cristo con su glorificación, ofrece al hombre la posibilidad de alcanzar la vida eterna, conocer a Dios Padre y a Jesucristo, su Hijo Unigénito; lo cual redunda en glorificación del Padre y de Jesucristo, al mismo tiempo que implica la participación del hombre en la gloria divina.

Meditación

El Don de piedad

I. Al llegar a la plenitud de los tiempos, Jesucristo nos enseñó el tono adecuado en el que debemos dirigirnos a Dios. ‘Cuando oréis habéis de decir: Padre…’ (Lc 11, 2). En todas las circunstancias de la vida debemos dirigirnos a Dios con esta filial confianza: Padre. El sentido de la filiación divina, efecto del don de piedad, nos mueve a tratar a Dios con la ternura y el cariño de un buen hijo con su padre, y a los demás hombres como a hermanos que pertenecen a la misma familia. Dios quiere que le tratemos con entera confianza, como hijos pequeños y necesitados. Toda nuestra piedad se alimenta de este hecho: somos hijos de Dios.

II. El cristiano que se deja mover por el espíritu de piedad entiende que nuestro Padre Dios quiere lo mejor para cada uno de sus hijos: Todo lo tiene dispuesto para nuestro mayor bien. Por eso la felicidad consiste en ir conociendo lo que Dios quiere de nosotros en cada momento de nuestra vida y llevarlo a cabo sin dilaciones ni retrasos. De esta confianza en la paternidad divina nace la serenidad y la alegría, porque sabemos que aun las cosas que parecían un mal irremediable contribuyen al bien de los que aman a Dios (Rm 8, 28). El don de piedad nos ayuda a ver a los demás hombres como hijos de Dios porque los ha redimido con la sangre de su Hijo derramada en la Cruz, a compadecernos de sus necesidades y a tratar de remediarlas. En ellos vemos al mismo Cristo, a quien rendimos esos servicios y ayuda. También la piedad hacia los demás nos lleva a tratarlos con benignidad, y nos dispone a perdonar con facilidad las posibles ofensas recibidas. El perdón generoso e incondicional es un buen distintivo de los hijos de Dios. III. Este don del Espíritu Santo nos mueve y nos facilita el amor filial a nuestra Madre del Cielo, la devoción a los ángeles, especialmente a nuestro ángel custodio, y a los santos, particularmente a aquellos que ejercen un especial patrocinio sobre nosotros; a las almas del purgatorio necesitadas de nuestros sufragios, el amor al Papa, como Padre común de todos los cristianos. El sentido de la filiación divina nos impulsa a querer y a honrar cada vez mejor a nuestros padres, cuya paternidad viene a ser una participación y un reflejo de la de Dios. Este don nos inclina a rendir honor a las personas constituidas legítimamente en alguna autoridad y a los ancianos. Su campo de acción abarca aun las cosas creadas, ‘consideradas como bienes familiares de la Casa de Dios’ (M.M. Philipon, Los dones del Espíritu Santo). Consideremos hoy muchas veces durante el día que somos hijos de Dios.

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