Lunes 1 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

En esta parábola está compendiada de un modo impresionante la Historia de la Salvación. Jesús se sirve para exponer el misterio de su Muerte redentora de una de las más bellas alegorías del Antiguo Testamento: la llamada «canción de la viña», con la que Isaías profetizaba la ingratitud de Israel ante los favores de Dios. Jesús, sobre la base del texto de Isaías, nos revela la paciencia de Dios que manda uno tras otro a sus mensajeros, los profetas del Antiguo Testamento, para terminar enviando, dice el texto, a «su hijo amado» –el mismo Jesús–, al que matarán los viñadores. Esta expresión, con la que Dios Padre había designado a Cristo en el Bautismo y en la Transfiguración, indica la divinidad de Jesús, que es la piedra angular de la salvación, rechazada por los que edifican sobre su egoísmo y su soberbia. Para los judíos que escucharon esta parábola de labios de Jesús, el sentido les debió de parecer inequívoco. Los dirigentes de Israel, en efecto, «habían comprendido que la parábola iba dirigida a ellos», y constituía el cumplimiento de lo profetizado por Isaías.

Meditación

La piedra angular

I. San Pedro se refiere a veces a Jesús como la piedra que, rechazada por vosotros los constructores, ha llegado a ser piedra angular (Hch 4, 10-11). Jesucristo es la piedra esencial de la iglesia, y de cada hombre: sin ella el edificio se viene abajo. La piedra angular afecta a toda la construcción, a toda la vida: negocios, intereses, amores, tiempo…; nada queda fuera de las exigencias de la fe en la vida del cristiano. Seguir a Cristo influye en el núcleo más íntimo de la personalidad. Ser cristianos es la característica más importante de nuestra existencia, y ha de influir incomparablemente más en nuestra vida que el amor humano en la persona más enamorada. Jesucristo es el centro al que hacen referencia nuestro ser y nuestra vida. Con relación a Él queremos construir nuestra existencia.

II. Cristo determina esencialmente el pensamiento y la vida de sus discípulos. Por eso, sería una gran incoherencia dejar nuestra condición de cristianos a un lado a la hora de enjuiciar una obra de arte o un programa político, en el momento de realizar un negocio o de planear las vacaciones. Si en esos planes, en ese acontecimiento o en esa obra no se guarda la debida subordinación a Dios, su calificación no puede ser más que una, negativa, cualquiera que sean sus acertados valores parciales. El error se presenta frecuentemente vestido con nobles ropajes de arte, de ciencia, de libertad… Pero la fuerza de la fe ha de ser mayor: es la poderosa luz que nos hace ver que detrás de aquella apariencia de bien hay en realidad un mal. Cristo ha de ser la piedra angular de todo edificio. Pidamos al Señor su gracia para vivir coherentemente nuestra vocación cristiana; así la fe no será nunca limitación. Para tener un criterio formado, además de poner los medios, es preciso tener una voluntad recta que quiera llevar a cabo, ante todo, el querer de Dios. III. El cristiano –por haber fundamentado su vida en esa piedra angular que es Cristo– tiene su propia personalidad, su modo de ver el mundo y los acontecimientos, y una escala de valores bien distinta al hombre pagano que no vive la fe y tiene una concepción puramente terrena de las cosas. Por eso, a la vez que está metido en medio de las tareas seculares, necesita estar “metido en Dios”, a través de la oración, de los sacramentos y de la santificación de sus quehaceres. Jesús sigue siendo la piedra angular en todo hombre. El edificio construido a espaldas de Cristo está levantado en falso. Hoy podemos preguntarnos: ¿La fe que profesamos influye cada vez más en nuestra propia existencia?

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