Domingo 7 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Con estas palabras cargadas de sentido se sintetiza cómo la Muerte de Jesucristo es la manifestación suprema del amor de Dios por los hombres. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito por su salvación. Toda nuestra religión es una revelación de la bondad, de la misericordia, del amor de Dios por nosotros. ‘Dios es amor’ (cfr 1 Jn 4,16), es decir, amor que se difunde y se prodiga; y todo se resume en esta gran verdad que todo lo explica y todo lo ilumina. Es necesario ver la Historia de Jesús bajo esta luz. ‘Él me ha amado’ escribe San Pablo, y cada uno de nosotros puede y debe repetírselo a sí mismo: Él me ha amado, y se ha sacrificado por mí (Gal 2,20)» (Pablo VI, Homilía del Corpus Christi, 13-VI-1974).

Meditación

La Santísima Trinidad

I. Hoy la liturgia nos propone el misterio central de nuestra fe: la Santísima Trinidad, fuente de todos los dones y gracias, misterio inefable de la vida íntima de Dios. Poco a poco, con una pedagogía divina, Dios fue manifestando su realidad íntima, nos ha ido revelando cómo es Él, en Sí, independiente de todo lo creado. En el Antiguo Testamento da a conocer sobre todo la Unidad de su ser; que a diferencia del mundo, es increado; que no está limitado a un espacio (es inmenso), ni al tiempo (es eterno). Su poder no tiene límites (es omnipotente). También se revela como el pastor que busca a su rebaño; a la vez que se va manifestando la paternidad de Dios Padre, la Encarnación de Dios Hijo y la acción del Espíritu Santo, que vivifica todo. Pero es Cristo quien nos revela la intimidad del misterio trinitario, la llamada a participar en él, y la perfectísima Unidad de vida entre las divinas Personas (Jn 16, 12-15). El misterio de la Santísima Trinidad es el punto de partida de toda la verdad revelada y la fuente de donde procede la vida sobrenatural y a donde nos encaminamos: somos hijos del Padre, hermanos y coherederos del Hijo, santificados continuamente por el Espíritu Santo para asemejarnos cada vez más a Cristo. Esto nos hace templos vivos de la Santísima Trinidad.

II. Desde que el hombre es llamado a participar de la vida divina por la gracia recibida en el Bautismo, está destinado a participar cada vez más en esta vida. Es un camino que es preciso andar continuamente. Del Espíritu Santo recibimos constantes impulsos, mociones, luces, inspiraciones para ir más deprisa por ese camino que lleva a Dios, para estar cada vez en una “órbita” más cercana al Señor. “El corazón necesita distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturita que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!” (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios). III. “Tú, Trinidad eterna, eres mar profundo, en el que cuanto más penetro, más descubro, y cuanto más descubro, más te busco” (Santa Catalina de Siena, Diálogo), le decimos en la intimidad de nuestra alma. Y desde lo hondo del alma añadimos: Padre, glorificad continuamente a vuestro Hijo, para que vuestro Hijo os glorifique en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos (Jn 17, 1).

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