Martes 9 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Las buenas obras son fruto de la caridad, que consiste en amar a los demás como nos ama el Señor (Jn 15,12). Una de las manifestaciones más claras de la caridad es la actividad apostólica. El Concilio Vaticano II ha puesto de relieve la obligación del ‘apostolado’, derecho y deber que nacen del Bautismo y de la Confirmación (cfr Lumen gentium, n. 33), hasta el punto de que, formando el cristiano parte del Cuerpo Místico, «el miembro que no contribuye según su medida al aumento de este Cuerpo, hay que decir que no se aprovecha ni a la Iglesia ni a sí mismo» (Apostolicam actuositatem, n. 2). «Son innumerables las ocasiones que tienen los laicos para ejercer el apostolado de la evangelización y santificación. El mismo testimonio de su vida cristiana y las obras hechas con espíritu sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios: ‘Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos’» (Apostolicam actuositatem, n. 6).

Meditación

La sal desvirtuada

I. El Señor dice a sus discípulos que son la sal de la tierra (Mt 5, 13) porque preservan al mundo de la corrupción, pero como la sal, el cristiano se puede desvirtuar: entonces es un estorbo. Junto al pecado, es lo más triste que le puede ocurrir al hombre. La tibieza es una enfermedad del alma que afecta la inteligencia y la voluntad; empieza por frecuentes faltas y dejaciones culpables: Cristo queda lejano por tantos descuidos en detalles de amor. Santo Tomás señala como característico de este estado “una cierta tristeza, por la que el hombre se vuelve tardo para realizar actos espirituales a causa del esfuerzo que comportan” (Suma Teológica). La oración es más una carga soportada que un motor que empuja y ayuda a vencer las dificultades. Pensemos hoy si, ante las flaquezas y faltas de correspondencia a la gracia, nacen con prontitud los actos de contrición que reparan la brecha que había abierto el enemigo.

II. No se puede confundir la tibieza con la aridez en los actos de piedad producida a veces por el cansancio o la enfermedad, porque en ésta última la voluntad está firme en el bien y permanece la verdadera devoción. En la tibieza, por el contrario, la imaginación anda suelta, no se rechazan las distracciones voluntarias y se abandona la oración con la excusa de que no se saca fruto de ella. En cambio, la aridez, si Dios la permite, está llena de frutos y puede ser señal positiva de que el Señor desea purificar a esa alma. La verdadera piedad no depende del sentimiento, éste es ayuda y nada más, sino de la voluntad decidida a servir a Dios, con independencia de los estados de ánimo ¡tan cambiantes!, y de guiarse por la inteligencia, iluminada y ayudada por la fe. III. Nuestro paso por la tierra no es indiferente: ayudamos a otros a encontrar a Cristo o los separamos de Él; enriquecemos o empobrecemos. Es necesario tener vida interior, trato personal diario con Jesús, conocer cada vez con más su profundidad su doctrina, luchar con empeño por superar los propios defectos. El apostolado nace de un gran amor a Cristo. ¿Por qué los cristianos damos esa triste impresión de incapacidad para frenar la ola de corrupción que irrumpe contra la familia, la escuela, las instituciones? Solamente porque hemos dejado de ser la sal de la tierra y permitimos, por nuestra tibieza, que se propalen todo tipo de herejías y barbaridades. Cuando el amor se enfría y la fe se adormece, la sal se desvirtúa y ya no sirve para nada. Acudamos a la Virgen, modelo perfecto de correspondencia amorosa a la vocación cristiana, y a nuestro Ángel Custodio para que aparten de nuestra alma toda sombra de tibieza.

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