Miércoles 10 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Jesús enseña en este pasaje el valor perenne del Antiguo Testamento, en cuanto que es palabra de Dios; goza, por tanto, de autoridad divina y no puede despreciarse lo más mínimo. La ley promulgada por medio de Moisés y explicada por los Profetas constituía un don de Dios para el pueblo, como anticipo de la Ley definitiva que daría el Cristo o mesías. En efecto, como definió el Concilio de Trento, Jesús no sólo «fue dado a los hombres como Redentor en quien confíen, sino también como Legislador a quien obedezcan» (Concilio de Trento, Decr. De iustificatione, sess. VI, can. 21).

Meditación

Las gracias actuales

I. La naturaleza humana perdió, por el pecado original, el estado de santidad al que había sido elevada por Dios y, en consecuencia, también quedó privada de la integridad y del orden interior que poseía. Desde entonces el hombre carece de la suficiente fortaleza en la voluntad para cumplir todos los preceptos morales que conoce. Aún después del Bautismo experimentamos una tendencia al mal y una dificultad para hacer el bien: es el llamado ‘fomes peccati’ o concupiscencia, que –sin ser en sí mismo pecado– procede del pecado y al pecado se inclina (Concilio de Trento, Sobre el pecado original). La ayuda de Dios nos es absolutamente necesaria para realizar actos encaminados a la vida sobrenatural. Nuestras buenas obras, los frutos de santidad y apostolado, son en primer lugar de Dios; en segundo término, resultado de haber correspondido como instrumentos, siempre flojos y desproporcionados, de la gracia.

II. Todos recibimos por la bondad de Dios, mociones y ayudas para acercarnos a Él, para acabar con perfección un trabajo, para hacer una mortificación o un acto de fe, para vencernos por Su amor en algo que nos cuesta: son las gracias actuales, dones gratuitos y transitorios de Dios que en cada alma desarrollan sus efectos de una manera particular. ¡Cuántas hemos recibido hoy! ¡Cuántas más recibiremos si no cerramos la puerta a esa acción callada y eficaz del Espíritu Santo! Con la gracia, Dios nos otorga la facilidad y la posibilidad de realizar el bien: “Sin Mí, nada podéis hacer” (Juan 15, 5) dijo terminantemente el Señor, y nosotros lo tenemos bien experimentado. Nuestra jornada se resumirá frecuentemente en: pedir ayuda, corresponder y agradecer. III. El hombre puede resistirse a la gracia. De hecho, a lo largo del día, quizá en cosas pequeñas, decimos que no a Dios. Y hemos de procurar decir muchas veces sí a lo que el Señor nos pide, y no al egoísmo, a los impulsos de la soberbia, a la pereza. La respuesta libre a la gracia de Dios debe hacerse en el pensamiento, con las palabras y los hechos (Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium). La mayor o menor abundancia de las gracias depende de cómo correspondemos. Cuando estamos dispuestos a decir sí al Señor en todo, atraemos una verdadera lluvia de dones y Su amor nos inunda cuando somos fieles a las pequeñas insinuaciones de cada jornada. Acudamos a San José, esposo fidelísimo de María, para que nos ayude a oír con claridad la voz del Espíritu Santo, para que, como él, realicemos tan bien y con tanta prontitud, la voluntad de Dios.

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