Jueves 11 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Hasta entonces los Profetas habían anunciado al pueblo escogido los bienes mesiánicos, a veces en imágenes acomodadas a su mentalidad poco madura espiritualmente. Ahora, Jesús envía a sus Apóstoles a anunciar que ese Reino de Dios prometido es inminente, poniendo de manifiesto sus aspectos espirituales. Los poderes que se mencionan (curar a los enfermos, resucitar a los muertos, etc.) son precisamente la señal anunciada por los Profetas acerca del Reino de Dios o Reino mesiánico. Primariamente estos poderes mesiánicos los ejerce Jesucristo; ahora se los da a sus discípulos para mostrar que esa misión es divina.

Meditación

San Bernabé, Apóstol

I. Bernabé significa hijo de la consolación, y le fue impuesto por los Apóstoles como sobrenombre a José, levita y chipriota de nacimiento. Estuvo junto a Pablo en Antioquía durante un año entero y ahí adoctrinaron a una gran muchedumbre. Bernabé supo descubrir en el recién convertido aquellas cualidades que la gracia transformaría en el Apóstol de las gentes. Con el Apóstol realizará el primer viaje misional, que tenía como objetivo la isla de Chipre. Les acompañaba también Marcos, su primo, quien les abandonó a la mitad del camino, en Perge, y se volvió a Jerusalén. Cuando San Pablo proyectó el segundo gran viaje misional, Bernabé quería llevar de nuevo a Marcos, pero Pablo consideraba que no debía llevar consigo al que se había apartado de ellos en Panfilia y no les había acompañado en la tarea (Hch 15, 38). Esto produjo una disensión tan fuerte entre ambos que se separaron el uno del otro… (Hch 15, 40).

Bernabé no dejó a un lado a su primo Marcos, quizá entonces muy joven, después de aquella defección, en la que le fallaron las fuerzas. Supo reanimarlo y fortalecerlo, y hacer de él un gran evangelizador y un colaborador eficacísimo de San Pedro y del mismo San Pablo, con el que Bernabé siguió unido (Cfr. 1 Cor 9, 5-6). Más tarde demostrará Pablo para Marcos la mayor estima, «como si viera reflejarse en él la simpatía y los gratos recuerdos de Bernabé, el amigo de la juventud» (Cfr. Col 4, 10; Fil 24; 2 Tim 4, 11).

San Bernabé nos invita hoy a tener un corazón grande en el apostolado, que nos llevará a no desanimarnos fácilmente ante los defectos y retrocesos de aquellos amigos o parientes que queremos llevar hasta el Señor, a no dejarlos a un lado cuando flaquean o quizá no responden a nuestras atenciones y a nuestra oración.

La posible falta de correspondencia, a veces aparente, ante nuestros desvelos ha de llevarnos a excedernos en tratar a nuestros amigos aún con más afecto, con una sonrisa más abierta, con más medios sobrenaturales.

II. ‘Id y proclamad que el reino de Dios está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios…’. Este mandato del Señor, que leemos en el Evangelio de la Misa (Mt 10, 7-13), debe resonar en el corazón de todos los cristianos. Es el apostolado que ha de llevar a cabo cada uno personalmente en el lugar en el que se va desarrollando su vida: el pueblo, el barrio, la empresa, la Universidad… Encontraremos a muchos alejados de Dios. Además de la constancia, debemos tener en cuenta las diversas situaciones por las que atraviesan las personas que precisan nuestra ayuda. De San Bernabé se nos dice que era un hombre bueno, que mereció el sobrenombre de hijo de la consolación, que llevó la paz a muchos corazones. De su grandeza de corazón, manifestada en su generosidad y desprendimiento, nos hablan los Hechos de los Apóstoles en la primera noticia que de él tenemos: tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los Apóstoles (Hch 4, 37). Para comprender a quienes queremos acercar a Dios es preciso mirar a los demás en lo mucho que tienen de positivo, y ver sus fallos sólo en un contexto de buenas cualidades, reales o posibles, y con el deseo de ayudarles. «Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros, y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados», aconsejaba Santa Teresa de Jesús (Vida, 13, 6). III. Es posible que algunos cristianos, al ver el ambiente alejado de Dios y los modos de vida que adoptan muchos que quizá tendrían que ser ejemplares, se dejen llevar por un «celo amargo», tratando de hacer el bien pero con una continua lamentación del mal evidente, con frecuentes reproches a la sociedad, a quienes –según ellos– tendrían que tomar medidas drásticas para atajar esos males… No nos quiere el Señor así: Él dio su vida en la Cruz, con serenidad y paz, por todos los hombres. Sería un gran fracaso que los cristianos adoptaran una actitud negativa ante el mundo que han de salvar. Imitando al Señor, debemos huir de actitudes condenatorias, adustas, con dejes de amargura. Si los cristianos llevamos la alegría al mundo, ¿cómo vamos a presentar la Buena Nueva de modo antipático y triste?, ¿cómo vamos a juzgar a los demás si no tenemos los elementos de juicio necesarios y, sobre todo, si nadie nos ha dado esa misión? Nuestra postura ante todos es siempre de salvación, de paz, de comprensión, de alegría…, incluso con aquellos que en algún momento nos han podido tratar injustamente. Cada cristiano es «Cristo que pasa» en medio de los suyos, que los aligera de sus cargas y les muestra el camino de la salvación. Al terminar nuestra oración le pedimos al Señor, con la liturgia de la Misa, aquel amor ardiente, que impulsó al apóstol Bernabé a llevar a las naciones la luz del Evangelio. Nos lo concederá antes si lo pedimos además a través de Nuestra Señora.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s