Domingo 14 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

«El que me come vivirá por mí»: En Cristo, el Verbo encarnado al mundo, «habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9) por la inefable unión de su naturaleza humana con la naturaleza divina en la Persona del Verbo. Al recibir nosotros en este sacramento la Carne y la Sangre de Cristo indisolublemente unidas a su divinidad, participamos de la misma vida divina de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Nunca apreciaremos lo suficiente la intimidad y cercanía con Dios mismo –Padre, Hijo y Espíritu Santo–, que se nos ofrece en el banquete eucarístico.

Meditación

El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

I. Nuestro Dios y Señor se encuentra en el Sagrario, allí está Cristo, y allí deben hacerse presentes nuestra adoración y nuestro amor. Esta veneración a Jesús Sacramentado se expresa de muchas maneras: bendición con el Santísimo, procesiones, oración ante Jesús Sacramentado, genuflexiones que son verdaderos actos de fe y de adoración. “Merece una mención particular la solemnidad del Corpus Christi como acto público tributado a Cristo presente en la Eucaristía. La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe, y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración” (Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae). “Yo me pasmo ante este misterio de Amor: el Señor busca mi pobre corazón como trono, para no abandonarme si yo no me aparto de Él” (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa). En ese trono de nuestro corazón Jesús está más alegre que en la Custodia más espléndida.

II. Hoy es un día de acción de gracias y de alegría porque el Señor se ha querido quedar con nosotros para alimentarnos, para fortalecernos, para que nunca nos sintamos solos. La Sagrada Eucaristía es el viático, el alimento para el largo camino de la vida hacia la verdadera Vida. Jesús nos acompaña y fortalece aquí en la tierra. Él se nos da diariamente como alimento y se queda en nuestros Sagrarios para ser la fortaleza y la esperanza de una vida nueva, sin fin y sin término. Es un misterio siempre vivo y actual. Señor, gracias por haberte quedado. ¿Qué hubiera sido de nosotros sin Ti? ¿Dónde íbamos a ir a restaurar fuerzas, a pedir alivio? ¡Qué fácil nos haces el camino desde el Sagrario! III. Jesús en su camino a Jerusalén pasó cerca de un ciego que pedía limosna junto al camino. Y éste, al oír el ruido de la pequeña comitiva que acompañaba al Maestro, preguntó qué era aquello. Y quienes le rodeaban le contestaron: Es Jesús de Nazaret que pasa (Lucas 18, 37). Si hoy, en tantas ciudades donde se tiene esa antiquísima costumbre de llevar en procesión a Jesús sacramentado, alguien preguntara al oír el rumor de las gentes: “¿qué es?”, se le podría contestar con las mismas palabras que le dijeron a Bartimeo: es Jesús de Nazaret que pasa. ¡Es Él mismo! Y, como a Bartimeo, también se nos debería encender el corazón para gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!

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