Lunes 15 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Entre los antiguos semitas, de los que procede el pueblo hebreo, imperaba la ley de la venganza. Esto daba lugar a unas interminables luchas y crímenes. La ley del talión constituyó en aquellos primeros siglos del pueblo elegido un avance ético, social y jurídico notorio. Ese avance consistía en que el castigo no podía ser mayor que el delito, cortando de raíz toda reiteración punitiva. Con ello, por un lado, quedaba satisfecho el sentido del honor de los clanes y familias y, por otro, se cortaba la interminable cadena de venganzas.

En la moral del Nuevo Testamento Jesús da el definitivo avance, en el que juega un papel fundamental el sentido del perdón y la superación del orgullo. Sobre estas bases morales y la defensa razonable de los derechos personales debe establecerse todo ordenamiento jurídico para combatir el mal en el mundo.

Meditación

La vida de la gracia

I. En el Bautismo se nos infunde la gracia santificante, el cristiano comienza a vivir la misma vida de Cristo. La unión con el Señor es tan profunda que transforma radicalmente la existencia del hombre. La primera consecuencia dichosísima de esta realidad es que nos hace hijos de Dios. Se trata de un nuevo nacimiento que nos comunica la naturaleza divina y Su propia vida. Es una realidad tan grande y tan alegre que hace exclamar a San Juan: ‘Carísimos, nosotros somos ya hijos de Dios’ (Rm 8, 16). Debemos estar conscientes de nuestra alta dignidad, ¡hijos de Dios!, y de las joyas preciosas que hemos recibido. Los ángeles miran al alma en gracia llenos de respeto y admiración. Y nosotros ¿cómo nos comportamos llevando un tesoro de tan altísimo valor? ¿Cómo vemos a nuestros hermanos los hombres? ¿Evitamos aún lo más pequeño que desdiga de nuestra condición de cristianos? ¡Hijos de Dios!

II. Al principio, la criatura era perfecta, según la había hecho Dios. Pero el pecado la envejeció, y causó en ella grandes estragos. Por eso Dios hizo una nueva creación (Santo Tomás, Comentario a la segunda carta a los Corintios): la gracia santificante, una participación limitada de la naturaleza divina, por la que el hombre, sin dejar de ser criatura, participa íntimamente en la vida divina. La gracia santificante no es un don pasajero y transitorio, como esas mociones e impulsos para realizar u omitir una acción, a los que llamamos gracias actuales; es una disposición estable radicada en la misma esencia del alma –aunque se puede perder con el pecado mortal–, a la que se llama también gracia habitual. Nuestra existencia será muy diferente si en medio de nuestros quehaceres diarios tenemos presente el honor que nos ha hecho nuestro Padre Dios. III. La gracia santificante diviniza al cristiano y le convierte en hijos de Dios y en templo de La Santísima Trinidad. Esta semejanza en el ser debe reflejarse en nuestro obrar, de modo que la vida puramente humana vaya dejando paso a la vida de Cristo; nuestra máxima aspiración debe ser, tener en el corazón los mismos sentimientos del corazón de Cristo (Flp 2, 5). Así se repetirá la vida de Jesús en la nuestra, en una configuración creciente con Él que realiza de modo admirable el Espíritu Santo. Nuestra labor es quitarle obstáculos al Paráclito, procurando hacer en todo lo que más agrada a Dios de manera que podamos decir como Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y dar cumplimiento a su obra (Jn 4, 24). Necesitamos docilidad, una intensa vida de oración y una íntima unión con la Cruz. Con la protección de María alcanzaremos la plena identificación con Jesucristo.

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