Domingo 21 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Jesucristo manda a sus discípulos que no tengan miedo a las calumnias o murmuraciones. Llegará un día en que venga en conocimiento de todos quién es cada uno, sus verdaderas intenciones y la disposición exacta de su alma. Mientras tanto, los que son de Dios pueden ser presentados como si no lo fueran por aquellos que, por apasionamiento o por malicia, utilizan la mentira. Ese es el secreto que llegará a saberse.

Junto a estas recomendaciones, Cristo manda también que los Apóstoles hablen con claridad, abiertamente. Por razones de pedagogía divina, Jesús había hablado a las muchedumbres en parábolas y les había descubierto gradualmente su verdadera personalidad. Los Apóstoles, después de la venida del Espíritu Santo (cfr Act 1,8), han de predicar a plena luz, desde los terrados, lo que Jesús les ha ido dando a conocer.

A nosotros nos toca hoy también continuar manifestando sin ambigüedades toda la doctrina de Cristo, sin dejarnos llevar por falsas prudencias humanas o por miedo a las consecuencias.

Meditación

Vivir sin miedos

I. Nos pide el Señor en el Evangelio de la Misa (Mt 10, 26-33) que vivamos sin miedo, como hijos de Dios. En ocasiones nos encontramos con gentes atemorizadas y angustiadas por las dificultades de la vida porque sólo se cuenta con las fuerzas humanas para seguir adelante. Y con frecuencia vemos también a cristianos que parecen atenazados por un miedo vergonzoso para hablar claro de Dios, para decir no a la mentira, para mostrar, cuando es necesario, su condición de fieles discípulos de Cristo: temen al qué dirán, al comentario desfavorable, a ir contracorriente, a llamar la atención. Vivimos unos tiempos en los que se hace más necesario proclamar la verdad sin ambigüedades, porque la mentira y confusión están perdiendo a muchas almas. No tengamos miedo a perder el brillo de un prestigio sólo aparente, o a sufrir la murmuración por no ir con la corriente o la moda del momento. Sólo recordemos lo que nos dice el Señor: Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del Cielo.

II. Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios), con alegría en medio de las dificultades, incluso graves, con obstáculos que exigirán esfuerzo y sacrificio, con enfermedades, serenos ante un futuro quizá incierto… Así nos pide el Señor que vivamos. Y esto será posible si consideramos muchas veces al día que somos hijos de Dios, y de modo especial cuando nos asalte la inquietud, la zozobra, la oscuridad. Dominus, illuminatio mea et salus mea, quem timebo? El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? A nadie y a nada Señor. ¡Tú eres la seguridad de mis días! III. Nos exhorta Jesús a no temer nada, excepto al pecado, que quita la amistad con Dios y conduce a la eterna condenación. El santo temor de Dios es un don del Espíritu Santo que facilita la lucha decidida contra el pecado, contra aquello que separe de Él, y nos mueve a huir de las ocasiones de pecar, a no fiarnos de nosotros mismos, a tener presente en todo momento que tenemos “los pies de barro”, frágiles y quebradizos. Fuera del temor de perder a Dios, nada debe inquietarnos. En determinados momentos de nuestro caminar podrán ser grandes las tribulaciones que padezcamos, y el Señor nos dará entonces las gracias necesarias para sobrellevarlas y crecer en la vida interior: Te basta mi gracia (2 Corintios, 12, 9), nos dice Jesús. De ordinario, sin embargo, será en lo pequeño donde manifestaremos la fortaleza y la valentía. Son también las “pequeñas valentías” las que hacen eficaz una vida. Pidamos a la Virgen que perdamos el miedo a conducirnos como cristianos responsables.

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