Lunes 22 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Condena aquí Jesús el juicio que hacemos temerariamente de nuestros hermanos, cuando por ligereza o por malignidad juzgamos peyorativamente de su conducta, de sus sentimientos o de sus intenciones. El malicioso dicho «piensa mal y acertarás» está en contra de la doctrina de Jesucristo. San Pablo, al hablar de la caridad cristiana, señala como notas sobresalientes: «La caridad es paciente, (…) es benigna; (…) no toma en cuenta el mal, (…) todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Co 13,4.5.7).

Como en otros lugares, los verbos en voz pasiva («seréis juzgados», «se os medirá») tienen como sujeto agente a Dios, aunque no esté explícitamente dicho: «No juzguéis ‘a los demás’ y no seréis juzgados ‘por Dios’». Es claro que el juicio del que se habla aquí es siempre un juicio condenatorio; por tanto, si no queremos ser condenados por Dios, no condenemos nunca al prójimo.

Meditación

La mota en el ojo ajeno

I. Por nuestra soberbia personal, las faltas más pequeñas que afectan a otros se ven aumentadas, mientras que, por contraste, los mayores defectos propios tienden a disminuirse y a justificarse. ¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano, y no ves la viga que hay en el tuyo? (Mateo 7, 3). Además, la soberbia tiende a proyectar en los demás lo que en realidad son imperfecciones y errores propios. Por eso aconsejaba sabiamente San Agustín: “Procurad adquirir las virtudes que creéis que faltan en vuestros hermanos, y ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros” (San Agustín, Comentarios sobre lo salmos). Solamente la persona humilde sabe perdonar, comprender y ayudar porque por su humildad es consciente de haber recibido todo de Dios, conoce sus miserias y lo necesitada que está de la misericordia divina. Por otra parte, sólo Dios penetra en las intenciones más íntimas, lee en los corazones y da verdadero valor a todas las circunstancias que acompañan a una acción. Santa Teresa aconsejaba que tapáramos los defectos de los demás con nuestros grandes pecados.

II. El Señor no despidió a los Apóstoles ni dejó de apreciarlos porque tuvieran defectos: en un principio se mueven por envidia, por ira o ambicionan los primeros puestos. El Señor los corrige con delicadeza, tiene paciencia con ellos y no deja de quererlos. Les enseña lo más importante, el ejercicio, con obras, de la caridad. El Señor no nos pide que amemos sólo a quienes carecen de defectos o a quienes tienen determinadas virtudes. Ante las faltas del prójimo, hemos de adoptar una actitud positiva: rezar por ellos, desagraviar, ejercitar la paciencia y la fortaleza, quererles más, y ayudarles con la corrección fraterna que recomendó el mismo Señor (Mateo 18, 15-17). Es una muestra de lealtad humana que evita toda crítica o murmuración. III. Si en algún caso tenemos la obligación de emitir un juicio sobre una determinada actuación, haremos esa valoración en la presencia del Señor, en la oración, purificando la intención y cuidando las normas elementales de prudencia y de justicia y hemos de escuchar las dos partes. Por caridad o por honradez, tendremos cuidado de no convertir un juicio inamovible lo que ha sido una simple impresión, o en transmitir como verdad “lo que se dice” o la simple noticia sin confirmar, y que quizá daña la reputación de una persona o una institución. La humildad nos conducirá a descubrir los errores y defectos en nosotros mismos, a pedir perdón al Señor, a comprender que los demás tengan alguno y a recibir la corrección fraterna de alguien que nos quiere. La Virgen siempre supo decir la palabra adecuada, y muchas veces guardó silencio.

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