Sábado 27 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

La fe ejemplar del oficial romano ha traspasado los tiempos. En el momento solemne en que el cristiano va a recibir al mismo Jesús en la Sagrada Eucaristía, la Liturgia de la Iglesia, para avivar la fe, pone en su boca y en su corazón precisamente las mismas palabras del centurión de Cafarnaún: «Señor, no soy digno…».

Meditación

María, corredentora con Cristo

I. Jesús creció, entre María y José, en un ambiente lleno de amor sacrificado y alegre, de protección firme y de trabajo. Más tarde, durante su vida pública. Salvo el milagro de la conversión del agua en vino, los Evangelistas no señalan que estuviera presente en ningún otro milagro. Tampoco estuvo presente en los momentos en que las gentes desbordaban entusiasmo por su Hijo: “Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, ‘justa crucem Jesu’ –junto a la cruz de Jesús, su Madre” (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 507). Dios la amó de un modo singular y único. Sin embargo, no la dispensó del trance del Calvario, haciéndola participar en el dolor como nadie, excepto su Hijo, haya jamás sufrido. La Virgen no sólo acompañaba a Jesús, sino que estaba unida activa e íntimamente al sacrificio que se ofrecía en aquel primer altar. Por eso, podemos pensar que en cada Misa, centro y corazón de la Iglesia, se encuentra María.

II. Desde la Cruz, Jesús confía su Cuerpo Místico, la Iglesia, a Santa María, en la persona de San Juan. Sabía que constantemente necesitaríamos de una Madre que nos protegiera, que los levantara y que intercediera por nosotros. María aparece particularmente cercana a la Iglesia, porque la Iglesia es siempre como su Cristo, primero Niño, y después Crucificado y Resucitado (K. Wojtyla, Signo de contradicción). La Virgen corredime junto a su Hijo en el Calvario, pero también lo hizo cuando pronunció su ‘fiat’ al recibir la embajada del Ángel, y en Belén, y en el tiempo que permaneció en Egipto, y en su vida corriente en Nazaret. Como Ella, también nosotros podemos ser corredentores todas las horas del día si las llenamos de oración, si trabajamos a conciencia y si vivimos una amable caridad con quienes nos rodean. III. ‘Jesús, viendo a su Madre, y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa’ (Jn, 19, 26-27). Jesús nos ha dado la filiación divina, haciéndonos hijos de Dios y nos ha hecho hijos de María. La Virgen ve en cada cristiano a su hijo Jesús, y nosotros podemos encontrarla mientras celebramos o participamos en la Santa Misa. Con Ella podemos ofrecer toda nuestra vida mientras decimos identificándonos con los mismos sentimientos de Cristo: ¡Padre Santo!, por el Corazón Inmaculado de María ¡Padre Santo!, os ofrezco yo mismo en Él, con Él y por Él a todas sus intenciones y en nombre de todas las criaturas (P. M. Sulamitis, Oración de la Ofrenda al Amor Misericordioso).

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