Domingo 28 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

El evangelio de hoy hace la atrevida propuesta donde seguir a Cristo y cumplir su palabra, significa arriesgar esta vida para ganar la eterna. «Las personas que están pendientes de sí mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás –también en el matrimonio– puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del cielo» (Es Cristo que pasa, n. 24). Quede, pues, claro que la vida cristiana se fundamenta en la abnegación: sin Cruz no hay cristianismo.

Meditación

Amor a Dios

I. Jesús nos enseña en incontables ocasiones que Dios ha de ser nuestro principal amor; a las criaturas debemos amarlas de modo secundario y subordinado. Dios es únicamente quien merece ser amado de un modo absoluto y sin condiciones. El Señor nos enseña el auténtico amor y nos pide que amemos a la familia y al prójimo, pero ni aún estos amores debemos anteponerlos al amor de Dios. Amando a Dios se enriquecen, crecen y se purifican los demás amores de la tierra, se ensancha el corazón y se hace verdaderamente capaz de querer, superando las barreras y reservas del egoísmo siempre presentes en cada criatura. Para querer a Dios como Él pide es necesario perder la propia vida, la del hombre viejo, morir a las tendencias desordenadas que inclinan al pecado, morir al egoísmo brutal. El hombre, cuanto más muere a su yo egoísta, más humano se vuelve y está más dispuesto para la vida sobrenatural. La Sagrada Eucaristía debe ser la fuente donde se sacie y se fortalezca nuestro amor al Señor. Amar es, en cierto modo, poseer ya el Cielo aquí en la tierra.

II. No hay tasa ni medida para amar a Dios. Él espera ser amado con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente (Mt 22, 37-38). Aquel que ama a Dios, es quien mejor y más ama a sus criaturas, a todas; porque a algunas es fácil amarlas, y a otras es difícil porque no son simpáticas, o nos han ofendido o nos han hecho mal. Jesús también nos ha enseñado que debemos amar al prójimo no sólo con el sentimiento, sino con los hechos. Amar al prójimo en Dios no es amarlo mediante un rodeo: el amor a Dios es un atajo para llegar a nuestros hermanos. Sólo en Dios podemos entender de verdad a todos los hombres, comprenderlos y quererlos, aun en medio de sus errores y de los nuestros, y de aquello que humanamente tendería a separarnos de ellos o a pasar a su lado con indiferencia. III. Nuestro amor a Dios sólo es respuesta al suyo, pues Él nos amó primero (1 Jn 4,2), y es el amor que Él pone en nuestra alma para que podamos amar. Correspondemos al amor a Dios cuando vemos en los demás la dignidad de la persona humana hecha a imagen y semejanza de Dios, cuando somos agradecidos, cuando luchamos contra los que nos aparta de Él, cuando convertimos nuestra vida en una incesante búsqueda de Jesús: lo encontramos en el trabajo, en la familia, en la alegría y en el dolor. Le pedimos a Santa María: “No me dejes, ¡Madre!, haz que busque a tu Hijo; haz que encuentre a tu Hijo; haz que ame a tu Hijo… ¡con todo mi ser!” (San Agustín, Confesiones).

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