Miércoles 1 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

En este episodio Jesús muestra su poder, una vez más, sobre el demonio y las fuerzas diabólicas. Que el hecho ocurra en tierra de gentiles (Gerasa y Garda estaban en la Decápolis, al este del Jordán), queda atestiguado porque entre los judíos estaba prohibida la cría de cerdos, declarados impuros según la Ley de Moisés. Esta expulsión de demonios, y otras más que nos narran los Evangelistas, vienen resumidas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el discurso de S. Pedro ante Cornelio y su familia: «Pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo» (Hch 10,38). Es una prueba de que el Reino de Dios ha comenzado (cfr Mt 12,28).

Meditación

La oportunidad perdida

I. El Señor se presenta en ocasiones de una manera distinta a como le esperábamos. A veces lo tenemos tan cerca y no sabemos verlo o le pedimos que se aleje. El que da sentido a todo es excluido del proyecto de construir la sociedad. “Exclusión de Dios, ruptura con Dios, desobediencia a Dios; a lo largo de la historia humana esto ha sido y es, bajo formas diversas, el pecado, que puede llegar hasta la negación de Dios y de su existencia, hasta el ateísmo” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica, Reconciliatio et Paenitentia). Bajo muchas actitudes que excluyen la verdad sobrenatural se encuentra un radical materialismo práctico, el aprecio a los bienes materiales por encima de todo, que impide ver al Señor en lo que nos rodea. Nosotros le decimos a Jesús que queremos ponerle en la cima de todas las tareas humanas, que entre de lleno en nuestra vida, que dé sentido a todo lo que somos y poseemos. También cuando se presente de manera distinta a como le esperábamos.

II. Muchos hombres tienen sus proyectos para ser felices, y a menudo miran a Dios simplemente como alguien que les ayudará a llevarlos a cabo. “El estado verdadero de las cosas es completamente al contrario. Dios tiene sus planes para nuestra felicidad, y está esperando que le ayudemos a realizarlos. Y quede bien claro que nosotros no podemos mejorar los planes de Dios” (E. Boylan, El amor supremo). Cuántas veces la lógica de Dios no coincide con la lógica de los hombres: “¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero!” (S. Josemaría Escrivá, Camino n. 762). Es necesario purificar el corazón de amores desordenados (con frecuencia el amor desordenado a uno mismo, el excesivo apegamiento a los bienes que posee o a los que desearía tener, a las propias ideas y opiniones, a los proyectos que uno se ha hecho acerca de su propia felicidad…) para confiar más en nuestro Padre Dios. III. Detrás de esos males aparentes (enfermedad, cansancio, dolor, ruina…) encontramos siempre a Jesús que sonríe y nos da la mano para sobrellevar esa situación y crecer por dentro. ¡Qué error tan grande si no supiéramos ver en esos momentos a Jesús que nos visita! Si miramos con fe las pequeñas y grandes desgracias de la vida, terminaremos siempre dando gracias por ellas… ¡Gracias, Señor, porque Te has presentado, aunque haya sido por donde menos te esperaba! Pidámosle a la Virgen que nos enseñe a encontrar a Jesús en medio de esas circunstancias humanamente más desfavorables.

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