Jueves 2 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

La lectura del pasaje paralelo de San Marcos nos ha conservado un detalle que nos ayuda a entender mejor la escena y que, en concreto, explica la expresión «la fe de aquellos hombres»: en Mc 2,2-5 se nos cuenta que fue tanta la aglomeración de gente en torno a Jesús, que no podían acercarse a Él con la camilla del paralítico. Ante esto, tuvieron la feliz idea de subir a lo alto de la casa y descolgar la camilla con el paralítico, abriendo un boquete por el liviano techo, delante de donde estaba Jesús. Así se explica la frase «viendo Jesús la fe de aquellos hombres».

Meditación

El valor infinito de la Misa

I. Leemos en el Génesis (22, 1-19) cómo Dios probó la fe de Abrahán: Le había prometido que su descendencia sería como las estrellas del cielo. El Patriarca creyó, a pesar de llegar a una edad avanzada, y a pesar de que su mujer era estéril. Isaac vino finalmente al mundo, y más tarde Dios le mandó que lo sacrificara. Pero en el momento que iba a sacrificar a su hijo, el Ángel del Señor le detuvo: y fue premiado largamente por haber obedecido. Los Padres de la Iglesia han visto en el sacrificio de Isaac un anuncio del sacrificio de Jesús. Isaac, el único hijo de Abrahán, el amado, cargado con la leña hacia el monte donde va a ser sacrificado, es figura de Cristo, el Unigénito del Padre, el Amado, que camina con la cruz a cuestas hacia el Calvario, donde se ofrece como sacrificio de valor infinito por todos los hombres. El Sacrificio de la Cruz se renueva en la Santa Misa, por eso cada Misa tiene un valor infinito, inmenso, que nosotros no podemos comprender del todo.

II. En cada Misa se ofrecen infaliblemente a Dios una adoración, una reparación y una acción de gracias de valor sin límites, porque es Cristo mismo quien la ofrece y el que se ofrece. Por eso, es imposible adorar mejor a Dios, reconocer su dominio soberano sobre todas las cosas y sobre todos los hombres. Es la realización más acabada del precepto: Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás (Mt, 4, 10). También es imposible dar a Dios una reparación más perfecta por las faltas diariamente cometidas, y agradecerle mejor los bienes recibidos que la Santa Misa. ¡Qué honor tan grande el de los sacerdotes, al prestarle a Cristo la voz y las manos en el sacramento eucarístico! ¡Qué grandeza la de los fieles de poder participar en tan gran Misterio! III. Además de los frutos de alabanza y de adoración a Dios, también produce la Santa Misa, de modo infinito e ilimitados en sí mismos, los frutos de remisión de nuestros pecados y de impetración de todo aquello que necesitamos, pero son finitos y limitados según nuestras disposiciones. Por eso es tan importante la preparación del alma con la que nos acercamos a participar de este único Sacrificio, y los momentos de recogimiento ya acabada la acción sagrada. “¿Estás allí –pregunta el Santo Cura de Ars – con las mismas disposiciones que la Virgen Santísima en el Calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios y de la consumación de igual sacrificio?” (Sermón sobre el pecado). Pidamos a Nuestra Señora que la celebración o la participación del sacrificio eucarístico sea para nosotros donde se sacian y se aumentan nuestros deseos de Dios.

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