Viernes 3 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

«Dichosos los que creen sin haber visto»: El mismo San Gregorio Magno explica estas palabras del Señor: «Al decir San Pablo que ‘la fe es el fundamento de las cosas que se esperan y un convencimiento de las que no se ven’ (Hb 11,1), resulta evidente que la fe versa sobre las cosas que no se ven, pues las que se ven ya no son objeto de la fe, sino de la experiencia. Ahora bien, ¿por qué a Tomás cuando vio y tocó se le dice: Porque has visto, has creído? Porque una cosa es lo que vio y otra lo que creyó. Es cierto que el hombre mortal no puede ver la divinidad; por tanto, él vio al Hombre y le reconoció como Dios, diciendo: ‘Señor mío y Dios mío’. En conclusión, viendo creyó, porque contemplando atentamente a este hombre verdadero exclamó que era Dios, a quien no podía ver» (In Evangelia homiliae, 27,8).

Meditación

Santo Tomás, Apóstol

I. Cuando Jesús, llamado por las hermanas de Lázaro enfermo, se disponía a ir a Judea, donde le esperaban asechanzas y odio por parte de los judíos, dijo Tomás a los demás discípulos: Vayamos nosotros también y muramos con Él (Jn 11, 16). El Señor aceptaría con gratitud este gesto valiente y generoso del Apóstol. La misma tarde del domingo en que resucitó se apareció Jesús a sus discípulos. A éstos no les quedó duda alguna de que era Jesús mismo, y de que verdaderamente había resucitado. Pero Tomás no estaba con ellos. Cuando los apóstoles le vieron intentaron convencerle de mil formas distintas de que el Maestro había resucitado y les esperaba una vez más junto al mar de Tiberíades. Al encontrarle, le dijeron con una alegría incontenible: ¡Hemos visto al Señor! (Jn 20, 25). Se lo repitieron una y otra vez, con acentos distintos. Intentaron en este tiempo recuperarlo para Cristo por todos los medios. ¡Cómo agradecería Tomás más tarde todos estos intentos! Es una lección que nos puede servir hoy a nosotros para que examinemos cómo es la calidad de nuestra fraternidad y de nuestra fortaleza con aquellos cristianos, nuestros hermanos, que en un momento dado pueden caer en el desaliento y en la soledad. No podemos abandonarlos.

II. Trae tu mano y toca la señal de los clavos: y no seas incrédulo, sino creyente (Antífona de comunión). El desaliento y la incredulidad de Tomás no eran fácilmente vencibles. Ante la insistencia de los demás Apóstoles, él respondió: Si no veo la señal de los clavos en sus manos, y no meto mi dedo en esa señal de los clavos y mi mano en su costado, no creeré (Jn 20,25). Estas palabras parecen una respuesta definitiva, inconmovible. Es una réplica dura a la solicitud de los amigos. Sin duda, la alegría de los demás –¡qué inmenso gozo llenaría su alma!– le abrió una ventana a la esperanza. Es una muestra del efecto que nuestras palabras pueden causar en otros, principalmente en los más cercanos. «Todo iría mejor y seríamos más felices si nos propusiéramos conocer siempre mejor para poder amar más esas verdades y esas personas a las que nos hemos vinculado con lazos de responsabilidad permanente. Reflexionar sobre los propios deberes, sobre las circunstancias que afectan la vida y la paz de otros, meditar en las consecuencias de nuestra conducta, evaluar el daño que puede causar la deserción, es la primera garantía de fidelidad. A la que debemos siempre agregar una consideración sobrenatural: Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas (1 Co 10, 13)» (J. Abad, Fidelidad). Nunca nos fallará el Señor. No fallemos nosotros a nuestros hermanos. No olvidemos que todos nosotros también podemos pasar por una etapa de ceguera y de desaliento. Nadie en la familia y entre los amigos es irrecuperable para Dios, porque contamos con la poderosa ayuda de la caridad y de la oración, que adquiere entonces manifestaciones tan diversas, y de la gracia.

III. Cuando Tomás vio y oyó a Jesús expresó en pocas palabras lo que sentía en su corazón: ‘¡Señor mío y Dios mío!’, exclama conmovido hasta lo más hondo de su ser. Es a la vez un acto de fe, de entrega y de amor. Confiesa abiertamente que Jesús es Dios y le reconoce como su Señor. Jesús le contestó: ‘Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin ver creyeron’ (Jn 20,29). Y comenta el Papa Juan Pablo II: «Ésta es la fe que nosotros debemos renovar, siguiendo la estela de incontables generaciones cristianas que a lo largo de dos mil años han confesado a Cristo, Señor invisible, llegando incluso al martirio. Debemos hacer nuestras, como las hicieron suyas antes otros muchos, las palabras de Pedro en su primera Carta: Vosotros no lo visteis, pero lo amáis; ahora, creyendo en Él sin verlo, sentís un gozo indecible. Ésta es la auténtica fe: entrega absoluta a cosas que no se ven, pero que son capaces de colmar y ennoblecer toda una vida» (Juan Pablo II, Homilía 9-IV-1983). La Virgen, que tan cerca estaba en aquellos días de los Apóstoles, seguiría atenta la evolución del alma de Tomás. Quizá fue Ella la que impidió que el Apóstol se alejara definitivamente. Nosotros le confiamos hoy nuestra fidelidad al Señor y la de aquellos que de alguna manera Dios ha puesto a nuestro cuidado. ¡Virgen fiel…, ruega por ellos… ruega por mí!

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