Sábado 4 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

«Los amigos del esposo»: El texto original dice literalmente «hijos de la casa donde se celebran las bodas», que es una expresión típica para designar a los amigos más íntimos del esposo. Es de subrayar el marcado giro semítico que ha conservado el Evangelista en su fidelidad a la original expresión de Jesús.

Por otra parte, esta «casa» a la que alude Jesucristo tiene un profundo sentido: hay que ponerla en relación con la parábola de los convidados a las bodas (Mt 22,1-14), y simboliza a la Iglesia como casa de Dios y Cuerpo de Cristo: «Moisés fue ciertamente fiel en toda su casa como servidor, para dar testimonio de las cosas que debían anunciarse, pero Cristo lo fue como Hijo al frente de su casa: casa que somos nosotros, si mantenemos la confianza y el orgullo gozoso de la esperanza» (Hb 3,5-6).

Meditación

El vino nuevo

I. El Señor enseñaba las verdades más profundas acerca del Reino que Él vino a traer a las almas, con imágenes sencillas: No se echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan los odres, se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan (Mt 9, 16-17). Jesús declara la necesidad de acoger su doctrina con un espíritu nuevo, joven, con deseos de renovación. El vino nuevo de la gracia necesita unas disposiciones en el alma constantemente renovadas: empeño por comenzar una y otra vez en el camino de la santidad. Esta actitud es señal de juventud interior como la que tienen los santos, las personas enamoradas de Dios, que nos permite estar dispuestos a romper actitudes viejas y gastadas, y corresponder a las mociones e insinuaciones del Espíritu Santo. Sólo tu amor, Señor, puede preparar mi alma para recibir más amor.

II. El Espíritu Santo trae constantemente al alma un vino nuevo, la gracia santificante, que debe crecer más y más. Por eso es necesario restaurar continuamente el alma, rejuvenecerla, pues son muchas las faltas de amor, los pecados veniales, quizá, que la indisponen para recibir gracias y la envejecen. Es la contrición la que nos dispone para nuevas gracias, acrecienta la esperanza, evita la rutina, hace que el cristiano se olvide de sí mismo y se acerque de nuevo a Dios en un acto de amor más profundo. El alma humilde siente la necesidad de pedir perdón muchas veces al día. Cada vez que se aparta de lo que el Señor esperaba de ella ve la necesidad de volver como el hijo pródigo, con dolor verdadero. Con esta contrición el alma se prepara continuamente para recibir el vino nuevo de la gracia. III. El Señor, sabiendo que somos frágiles, nos dejó el sacramento de la Penitencia, donde el alma no sólo sale restablecida, sino que, si había perdido la gracia, surge con una vida nueva. Debemos acudir a este sacramento con sinceridad plena, contrita, con deseos de reparar. Una Confesión bien hecha supone un examen de conciencia delicado y un arrepentimiento profundo, serio y sincero. Además el arrepentimiento de los pecados en la vida pasada ayuda a restañar las heridas que dejaron las flaquezas, purifica el alma y la hace crecer en el amor a Dios. La Confesión es un acto personal en el que nosotros pedimos perdón al Señor de flaquezas muy concretas y reales, no de generalidades difusas. Este Sacramento es refugio seguro, rejuvenece lo gastado y envejecido, y es medicina del alma. Acudamos a la Confesión con agradecimiento al Señor por su inmenso Amor, dispuesto siempre a perdonarnos.

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