Domingo 5 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

«Vengan a mí»: El Señor llama hacia Sí a todos los hombres, que andamos bajo el peso de nuestras fatigas, luchas y tribulaciones. La historia de las almas muestra la verdad de estas palabras de Jesús. Sólo el Evangelio calma la sed de verdad y de justicia que anhelan los corazones sinceros. Sólo Nuestro Señor, el Maestro –y aquellos a quienes Él da su poder–, pueden apaciguar al pecador al decirle «tus pecados te son perdonados» (Mt 9,2). En este sentido enseña el Papa Pablo VI: «Jesús dice ahora y siempre: ‘Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré’. Efectivamente Jesús está en una actitud de invitación, de conocimiento y de compasión por nosotros; es más, de ofrecimiento, de promesa, de amistad, de bondad, de remedio a nuestros males, de confortador, y todavía más, de alimento, de pan, de fuente de energía y de vida» (Homilía Corpus Christi, 12-VI-1977).

Meditación

Aliviar a los demás con sus cargas

I. Venid A Mí todos los fatigados y agobiados –dice Jesús a los hombres de todos los tiempos–, y Yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 28-30). Junto a Cristo se vuelven amables todas las fatigas, todo lo que podría ser más costoso en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Él llevó nuestros dolores y nuestras cargas más pesadas. El Evangelio es una continua muestra de su preocupación por todos: “en todas partes ha dado ejemplo de Su misericordia”, escribe San Gregorio Magno. Aun en el momento de Su muerte se preocupa por los que lo rodean. Y allí se entrega por amor. Nosotros debemos imitar al Señor: no sólo no echando preocupaciones innecesarias sobre los demás, sino ayudando a sobrellevar las que tienen. Al mismo tiempo, podemos pensar en esos aspectos en los que de algún modo, a veces sin querer, hacemos más pesada la vida de los demás con nuestros caprichos, juicios precipitados, críticas negativas o falta de consideración.

II. Cuanto más intensa es la caridad, en mayor estima se tiene al prójimo y, en consecuencia, crece la solicitud ante sus necesidades y penas. No sólo vemos a quien sufre o pasa apuros, sino también a Cristo, que se ha identificado con todos los hombres: en verdad os digo, cuando hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí lo hicisteis (Mt 25, 40). Cristo se hace presente en nosotros en la caridad. Él actúa constantemente en el mundo a través de los miembros de su Cuerpo Místico. La caridad es la realización del reino de Dios en el mundo. Para ser fieles discípulos del Señor hemos de pedir incesantemente que nos dé un corazón semejante al suyo, capaz de compadecerse de tantos males como arrastra la humanidad, principalmente el mal del pecado, que es, sobre todos los males, el que más fuertemente agobia y deforma al hombre. Por esta razón, el apostolado de la Confesión es la mayor obra de misericordia, pues damos la posibilidad a Dios de verter su perdón generosísimo sobre quien se había alejado de la casa paterna. III. Si alguna vez nos encontramos nosotros con un peso que nos resulta demasiado duro para nuestras fuerzas, no dejemos de oír las palabras del Señor: Venid a Mí. Sólo él restaura las fuerzas, sólo Él calma la sed. El trato asiduo con Nuestra Señora nos enseña a compadecernos de las necesidades del prójimo, y nos facilitará el camino hacia Cristo cuando tengamos necesidad de descargar en Él nuestras necesidades.

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