Miércoles 8 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

El Señor inicia su Iglesia llamando a Doce hombres que van a ser como los doce patriarcas del Nuevo Pueblo de Dios que es su Iglesia. Este Nuevo Pueblo no se constituirá por una descendencia según la carne, sino por una descendencia espiritual. Sus nombres quedan aquí consignados. Su elección es gratuita: no se han distinguido por ser sabios, poderosos, importantes…; son hombres normales y corrientes que han respondido con fe a la gracia de la llamada de Jesús. Todos serán fieles al Señor, excepto Judas Iscariote. Incluso antes de que Jesús muera y resucite gloriosamente, les confiere esos poderes de arrojar los espíritus inmundos y curar enfermedades, como anticipo y preparación de la misión salvífica que les dará después.

Meditación

Id a José

I. Numerosos Padres de la Iglesia han visto en el Antiguo Testamento a José, hijo del Patriarca Jacob, como un anuncio profético de José, el esposo virginal de María. Los dos, por una serie de circunstancias providenciales, fueron a Egipto: el primero, perseguido por sus hermanos y entregado por envidia que prefigura la traición que se habría de cometer con Cristo; el segundo, huyendo de Herodes para salvar a Aquel que traía la salvación al mundo (M. Gasnier, Los silencios de José). El primer José se convirtió en intendente de los graneros de Egipto, y cuando el hambre asolaba los pueblos vecinos y acudían al faraón, éste les decía: Id a José y haced lo que él les diga (Primera lectura. Año I. Gen. 41, 55). Y ahora que también el hambre de doctrina, de piedad y de amor asola la tierra, la Iglesia nos recomienda: Id a José. En nuestros momentos de incertidumbres, de necesidades urgentes, de indecisiones, oímos la voz de Jesús que nos dice: ¡Id a José! El que cuidó de Mí y de mi Madre en la tierra, continúa cuidando de Mí en mis miembros, que son todos los hombres necesitados.

II. San José gobernó la casa de Nazaret con autoridad de padre, y la Sagrada Familia no sólo simboliza la Iglesia, sino que en cierto modo la contenía, como la semilla al árbol, como la fuente al río. A Jesús le es muy grato que tratemos y pidamos ayuda al que tanto amó Él en la tierra y ahora en el cielo, del que tantas cosas aprendió, con quien conversó desde que pudo pronunciar las primeras palabras. El patrocinio del Santo Patriarca sobre la Iglesia universal es principalmente de orden espiritual; pero se extiende también al orden temporal, como la del otro José, hijo de Jacob, llamado por el rey de Egipto “salvador del mundo”. Santa Teresa de Ávila relata la gran devoción que tenía a San José y la experiencia de su patrocinio: “No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer” (Vida). III. La vida interior no es otra cosa que el trato asiduo e íntimo con Cristo, para identificarnos con Él. San José cuidó de Jesús, lo abrazó, lo besó, lo lavó, lo vistió, le habló; podemos considerarlo como el mejor Maestro de vida interior. “Con San José, el cristiano aprende lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando al mundo. Tratad a José y encontraréis a Jesús. Tratad a José y encontraréis a María, que llenó siempre de paz el amable taller de Nazaret” (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa).

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