Domingo 12 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

«Dichosos ustedes, porque sus ojos ven»: Dichosos, bienaventurados, felices, llama el Señor a sus discípulos. En efecto, los profetas y justos del Antiguo Testamento, durante siglos, habían vivido con la esperanza de gozar un día de la paz del Mesías venidero, pero murieron sin alcanzar esa dicha en la tierra. El anciano Simeón, al término de su vida, se llenó de gozo al contemplar a Jesús Niño que era presentado en el Templo: «Lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,28-30). Los discípulos que durante la vida pública del Señor tuvieron la dicha de verle y de tratarle recordarán, al cabo de los años, este don inenarrable, y uno de ellos comenzará así su primera carta: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca del Verbo de la vida; … lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, para que tengáis también comunión con nosotros, pues nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo» (1 Jn 1,1-4).

Meditación

Parábola del sembrador

I. El Señor sentado en una barca, enseñaba a la gente que le seguía: Salió un sembrador a sembrar, (Mt 13, 1-23), y la semilla cayó en tierra muy desigual como era la situación agrícola en Galilea. La semilla caída en el sendero era pronto comida por los pájaros o pisada por los transeúntes. La semilla caída en suelo pedregoso, brotaba con rapidez, pero el calor la seca por no tener raíces profundas. Nosotros también somos tierra para la simiente divina, y aunque la siembra es realizada con todo el amor de Dios, el fruto depende en buena parte del estado de la tierra donde cae. Las palabras de Jesús nos muestran con toda fuerza la responsabilidad que tiene el hombre de disponerse para aceptar y corresponder a la gracia de Dios. El camino de la parábola es la tierra pisada, endurecida: son las almas disipadas, vacías, abiertas por completo a lo externo, incapaces de recoger sus pensamientos y guardar los sentidos, sin orden en sus afectos, de corazones duros, que escuchan la palabra divina, pero con suma facilidad el diablo la arranca de su alma. Pidamos al Señor fortaleza para no ser jamás como los que se parecen a los caminos donde cayó la semilla: tibios y negligentes.

II. La tierra pedregosa de la parábola representa a las almas superficiales, inconstantes, incapaces de perseverar. Tienen buenas disposiciones, incluso reciben la gracia con alegría, pero llegado el tiempo de hacer frente a las dificultades, retroceden, no son capaces de sacrificarse por llevar a cabo los propósitos que un día hicieron, y éstos mueren sin dar fruto. Dejar que el corazón se aficione al dinero, a las influencias, al aplauso, a la última comodidad de la publicidad, a la abundancia de cosas innecesarias, es un grave obstáculo para que el amor de Dios arraigue en el corazón. Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón (Lc 12, 34), Quien pone su corazón en los bienes terrenos como si fueran bienes absolutos comete una especie de idolatría (Col 3,5). Por esta razón necesitamos de la mortificación y del desprendimiento. III. Lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta. Dios espera de nosotros que seamos un buen terreno que acoja la gracia y dé frutos. Cualquier alma se puede convertir en un vergel, aunque antes haya sido un desierto, porque la gracia de Dios nunca falta y sus cuidados son mayores que los del más experto labrador. Supuesta la gracia, el fruto depende del hombre, que es libre de corresponder o no. Pidamos a Nuestra Madre que nos ayude a ser siempre tierra fértil, para que la semilla de la gracia germine en nosotros y demos mucho fruto.

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