Lunes 13 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí»: Es evidente que estas palabras de Jesús no entrañan ninguna oposición entre el primero y el cuarto mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas y amar a los padres), sino que simplemente señalan el orden que ha de guardarse. Debemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas, tomarnos en serio la lucha por nuestra santidad; y también debemos amar y respetar –en teoría y en la práctica– a esos padres que Dios nos ha dado y que generosamente han colaborado con el poder creador de Dios para traernos a la vida, a los cuales les debemos tantas cosas. Pero el amor a los padres no puede anteponerse al amor de Dios; en general no tiene por qué plantearse la oposición entre ambos, pero si en algún caso se llegase a plantear, hay que tener bien grabadas en la mente y en el corazón estas palabras de Cristo.

Meditación

Los padres y la vocación de los hijos

I. Cuando María y José encontraron a Jesús a quien buscaban angustiados porque lo creían perdido, escuchan de Él: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que Yo esté en las cosas de mi Padre? (Lc, 2, 49). Esto constituye una enseñanza para los hijos y para los padres: los hijos, para aprender que no se puede anteponer el cariño familiar al amor de Dios, especialmente cuando el Señor pide un seguimiento que lleva consigo una total entrega; los padres, para saber que sus hijos son de Dios ante todo, y que Él tiene derecho a disponer de ellos, aunque en alguna ocasión esto suponga un sacrificio grande a los padres (Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA). Al Señor sólo se le puede seguir con la libertad del desprendimiento más pleno, sin melancolías ni añoranzas que conducen a una entrega a medias. El mayor honor que el Señor puede hacer a una familia, una de las mayores bendiciones, es que llame a uno de sus hijos a Su servicio; así lo tenía contemplado desde toda la eternidad.

II. Quien ha entregado su corazón por completo al Señor, lo recupera más joven, más grande y más limpio para querer a todos. El amor a los padres, a los hermanos…, pasa entonces por el corazón de Cristo, y de ahí sale enriquecido. La vocación es iniciativa divina; Él sabe qué es lo mejor para el que llama y para la familia. Los padres son colaboradores de Dios, y es ley de vida que los hijos abandonen un día el hogar paterno para formar un nuevo hogar, por motivos de trabajo o de estudio. Entonces ¿por qué han de poner trabas en el seguimiento de Cristo? Él “no separa jamás a las almas” (S. Josemaría Escrivá, Surco). III. “Los esposos cristianos –afirma el Concilio Vaticano II– son para sí mismos, para sus hijos y demás familia, cooperadores de la gracia y testigos de la fe. Son para sus hijos los primeros predicadores y educadores de la fe; los forman con su palabra y su ejemplo para la vida cristiana y apostólica, les ayudan prudentemente a elegir su vocación y fomentan con todo esmero la vocación sagrada cuando la descubren en sus hijos” (Decreto Apostolicam actuositatem). No pueden ir más allá, únicamente han de formar bien su conciencia, y han de ayudarles a descubrir su camino, sin forzar su voluntad. Dios bendice el hogar donde nació una vocación fiel; es necesario protegerla como un gran tesoro.

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