Jueves 16 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

Con un poco de experiencia en el trato personal con el Señor, entendemos que nos diga que «mi yugo es suave y mi carga ligera». «Como si dijera: Todos los que andáis atormentados, afligidos y cargados con la carga de vuestros cuidados y apetitos, salid de ellos, viniendo a Mí, y yo os recrearé, y hallaréis para vuestras almas el descanso que os quitan vuestros apetitos» (San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, lib. 1, cap. 7).

Meditación

El yugo del Señor es llevadero

I. Jesús nos dice en el Evangelio de la Misa: Venid a Mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt 11, 28-30). Las cargas más pesadas de los hombres son los pecados; en la Confesión se nos libera mediante el perdón de los mismos, porque los pecados –aun los veniales– abruman y oprimen. De este sacramento salimos restaurados, dispuestos de nuevo para luchar llenos de paz. El Señor, a cambio de estas cargas del pecado, de la soberbia, de la falta de generosidad…, nos invita a compartir su yugo. Es un dulce peso aquella parte de la Cruz que a cada uno nos toca llevar. Junto a Cristo, las dificultades que encontramos en la vida adquieren un sentido bien diferente. En vez de ser “nuestra cruz” se convierten en la Cruz de Cristo con quien corredimimos, se purifican nuestras faltas y crecen las virtudes. El camino que sigue de cerca las pisadas de Cristo está lleno de alegría, de optimismo y de paz, aunque estemos siempre cerca de la Cruz.

II. Mientras nos encontremos en la tierra hemos de contar con las dificultades como algo normal. San Pedro ya advertía a los primeros cristianos: ‘Carísimos, cuando Dios os pruebe con el fuego de las tribulaciones, no lo extrañéis como si os aconteciese una cosa muy extraordinaria’ (1 P 4, 12). El Señor permite con frecuencia que venga la contradicción sobre aquellos que más quiere para que den más fruto aún: ‘todo sarmiento que unido a la vid da más fruto, lo poda para que dé más fruto’ (Jn 15, 2). Pero Jesús nunca nos deja solos; Jesús está siempre junto a los suyos, especialmente cuando mayor se hace el peso de la vida. Si alguna vez tropezamos con una contrariedad más grande, también el Señor nos dará una gracia mayor. III. Del Señor sólo nos llegan bienes. Cuando permite el dolor, la contrariedad, problemas económicos o familiares, es que desea para nosotros algo mejor. Un día, Santa Teresa en medio de una catástrofe le reclamó al Maestro: “¡Señor, entre tantos daños y me viene esto!” Y Jesús le respondió: “Teresa, así trato Yo a mis amigos”. Y la Santa, llena de ingenio y de amor, le contestó: “¡Ah, Señor, por eso tenéis tan pocos!” (M. Auclair, La vida de Santa Teresa). Quiere el Señor que llevemos las contradicciones con paz, reciedumbre, con alegría y confianza en Él como lo hicieron los santos; con sencillez y humildad para no inventarnos problemas y dolores: somos hijos de Dios, y jamás nos faltará la gracia para salir adelante con un mayor bien. En medio de las dificultades, con gran confianza en el Señor, también acudamos a Santa María, ‘refugium nostrum et virtus’, refugio y fortaleza nuestra, y lo que nos parecía tan costoso se hará más llevadero.

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