Domingo 26 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

En la parábola de la red barredera está claramente enseñada la verdad dogmática del juicio: al final de los tiempos juzgará Dios y separará a los buenos de los malos. Es significativa la reiterada alusión del Señor a las postrimerías, especialmente al juicio y al infierno; con su divina pedagogía sale al paso de la facilidad del hombre para olvidarse de estas verdades. «Todas estas cosas se dicen para que nadie pueda excusarse basado en su ignorancia, que únicamente cabría si se hubiera hablado con ambigüedad sobre el suplicio eterno» (San Gregorio Magno, In evangelia homiliae, 11,4).

Meditación

La red barredera

I. El Evangelio de la Misa de hoy representa al Reino de los Cielos como la red barredera que echan al mar y recoge toda clase de peces, unos buenos y otros malos. Al final se reúnen los buenos en un cesto y los malos se tiran: en el seno de la Iglesia hay justos y pecadores, santos y quienes han malgastado la herencia recibida en el Bautismo, y todos pertenecen a ella. La Iglesia no se olvida un solo día de que es Madre. Continuamente pide por sus hijos que se hallan enfermos, espera con infinita paciencia, trata de ayudarles con una caridad sin límites. Nosotros debemos hacer llegar hasta el Señor nuestras oraciones, y ofrecer el trabajo, el dolor y las fatigas, por aquellos que, perteneciendo a la Iglesia, no participan de la inmensa riqueza de la gracia, especialmente por aquellos con quienes nos unen vínculos más estrechos, para que recobren plenamente la salud espiritual.

II. Aunque haya cristianos que son causa de escándalo para muchos, la Iglesia está libre de todo pecado. La Iglesia es de origen divino porque Cristo ”la tomó como a su esposa entregándose a Sí mismo por ella para santificarla, la unió a Sí mismo como su cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo, para gloria de Dios” (Concilio Vaticano II, Lumen gentium). El pecado que la Iglesia encuentra en su seno no es parte de ella; es, por el contrario, el enemigo contra el que habrá de luchar hasta el final de los tiempos, especialmente a través del sacramento de la Confesión. Sí pertenecen a ella sus hijos manchados por el pecado, pero no sus manchas. Sería bien triste que nosotros, sus hijos, dejáramos que se juzgara a la Iglesia precisamente por lo que no es. Los errores son o fueron de personas con responsabilidad personal, que no vivieron su vocación cristiana y no llevaron a cabo la doctrina que Cristo dejó a su Iglesia. Y “si la amamos no surgirá nunca en nosotros ese interés morboso de airear, como culpa de la Madre, las miserias de algunos de los hijos” (S. Josemaría Escrivá, Amar a la Iglesia) III. La Iglesia es santa y fuente de santidad en el mundo. Nos ofrece continuamente los medios para encontrar a Dios. Es causa de la existencia de tantos santos a lo largo de los siglos: mártires que dieron su vida en testimonio de su fe, hombres y mujeres que también ofrecieron su vida por amor a Dios para ayudar a sus hermanos en todas las miserias y necesidades, padres y madres de familia que con su heroísmo, sacan a su familia adelante, hombres y mujeres que en medio del mundo se han entregado al Señor como ciudadanos corrientes. Pidamos al Señor que nosotros crezcamos en santidad personal y seamos así buenos hijos de la Iglesia Santa.

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