Domingo 2 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

Debía de ser plena primavera porque la hierba estaba verde. Los panes en Oriente próximo suelen tener la forma de tortas delgadas, que se parten fácilmente con las manos y se distribuyen a los comensales. Una y otra cosa solía hacerlas el padre de familia o el que presidía la mesa. El Señor sigue aquí esta misma costumbre. El milagro de este relato consiste en que los trozos de pan se multiplican en las manos de Jesús. Luego, los discípulos los repartían a la muchedumbre. Otra vez más destaca la manera de actuar del Señor: busca la libre cooperación del hombre; a la hora de hacer el milagro quiere que los discípulos aporten los panes y los peces, y su propia actividad.

Meditación

Los bienes mesiánicos

I. El Evangelio de la Misa (Mt 14, 13-21) nos relata cómo el Señor se llenó de compasión por la multitud que le seguía porque andaban como ovejas sin pastor. En esta ocasión Jesús se detuvo largamente enseñando a esta multitud, de tal manera que se hizo tarde. La hora es avanzada y el lugar desierto. Los discípulos inquietos le dicen: despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos. Jesús les sorprende con su respuesta: No tienen necesidad de ir, dadles ustedes de comer. Los Apóstoles encuentran cinco panes y dos peces. Con esto poco y la obediencia de quienes le siguen, Jesús realizará un milagro portentoso: comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños hasta que quedaron satisfechos. El Señor cuida de los suyos, pero busca nuestra colaboración, que es siempre pobre y pequeña. Él está dispuesto a obrar milagros, a multiplicar los panes, a cambiar voluntades, a dar luz a las inteligencias más oscuras, a hacer que sean capaces de rectitud los que nunca lo han sido. “Todo esto… y más, si le ayudas con lo que tengas”. (S. Josemaría Escrivá, Forja)

II. Este milagro, además de ser una muestra de la misericordia divina de Jesús con los necesitados, es figura de la Sagrada Eucaristía. Así lo han interpretado muchos Padres de la Iglesia. Ante la Eucaristía asistimos a un milagro mayor que la multiplicación de los panes: la conversión del pan en Su propio Cuerpo, que es ofrecido sin medida como alimento a todos los hombres. El ejemplo de las multitudes que siguen a Jesús hasta las alturas desiertas, sin provisiones, porque no quieren perder tiempo por miedo a perderlo de vista, nos puede servir para cuando nosotros tengamos alguna dificultad para visitarle o recibirle. Por encontrar al Maestro vale la pena cualquier sacrificio. En la Comunión recibimos cada día a Jesús, el que realizó el milagro aquella tarde. Su presencia entre nosotros debería revolucionar nuestra vida. Esta aquí, nos espera, y nos extraña cuando nos retrasamos. III. Jesús, realmente presente en la Sagrada Eucaristía, da a este sacramento una eficacia sobrenatural infinita. Se nos da Él mismo, uniéndonos a Él, identificándonos con Él. Y nosotros, que le buscamos con más necesidad y con más deseos que aquella multitud, le encontramos cada día en la Sagrada Comunión. Él nos espera, a cada uno. Nos cura, nos protege contra los peligros, contra las vacilaciones que pretenden separarnos de Él, aviva nuestro andar. Hemos de recibirlo con esmero, con disposiciones interiores de alma y de cuerpo, acudiendo a la Confesión, con actos de fe y de amor, como si fuera la única Comunión de toda nuestra vida, como si fuera la última. Pidamos a la Virgen que podamos recibirlo con la pureza, humildad y devoción con las que Ella lo recibió.

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