Lunes 10 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

«El que quiera servirme, que me siga»: El Señor ha hablado de su sacrificio como condición para entrar en la gloria. Y lo que vale para el Maestro, también se aplica a sus discípulos. Jesucristo quiere que cada uno de nosotros le sirva. Es un misterio de los designios divinos que Él –que es todo, que tiene todo y no necesita de nada ni de nadie– quiera necesitar nuestro servicio para que su doctrina y la salvación operada por Él lleguen a todos los hombres.

Meditación

El tributo del templo

I. El Señor quiso cumplir con toda exactitud sus deberes de ciudadano como los demás y paga la contribución anual para el sostenimiento del culto que era obligatoria para todo judío que hubiera cumplido los veinte años (Mt 17, 21-26). Y comenta San Ambrosio: es una gran lección, ‘que enseña a los cristianos la sumisión al poder soberano, a fin de que nadie se permita desobedecer los edictos de un rey de la tierra. Si el Hijo de Dios ha pagado el tributo, ¿crees que tú eres mayor para dejar de pagarlo? Aun Él, que nada poseía, ha pagado el tributo; y tú, que buscas los bienes de este mundo, ¿por qué no reconoces las cargas del mismo?, ¿por qué te consideras por encima del mundo?’ (San Ambrosio, Comentario al Evangelio de San Lucas). Del Evangelio podemos aprender que, si queremos imitar al Maestro, hemos de ser buenos ciudadanos que cumplen sus deberes en el trabajo, en la familia, en la sociedad: pago de impuestos justos, voto en conciencia, participación de las tareas públicas.

II. Sin ser del mundo, sin ser mundanos, los primeros cristianos rechazaron costumbres y modos de conducta incompatibles con la fe, pero jamás se sintieron extraños a la sociedad a la que por derecho propio pertenecían. Los Apóstoles recordarían en su predicación aquellas parábolas que les vinculaban al corazón de la sociedad humana: la sal que preserva de la corrupción, la levadura que fermenta la masa, la luz, que ha de brillar ante las gentes. Los primeros cristianos fueron ciudadanos ejemplares, su actitud en las épocas de persecución no fue ni agresiva ni medrosa, sino de serena presencia; obedecían a las leyes civiles justas no sólo por temor al castigo, sino también a causa de la conciencia (Rm 13, 5). Hoy podemos preguntarnos en nuestra oración si se nos conoce por ser buenos ciudadanos. III. No pueden ser buenos cristianos quienes no son buenos ciudadanos. El cristiano no puede estar contento si sólo cumple sus deberes familiares y religiosos; ha de estar presente, según sus posibilidades, allí donde se decide la vida del barrio, del pueblo o de la ciudad; su vida tiene una dimensión social y aun política que nace de la fe y afecta el ejercicio de las virtudes, a la esencia de la vida cristiana. Si somos ciudadanos que cumplen ejemplarmente todos sus deberes, podremos iluminar a muchos el camino que lleva a seguir a Cristo. Somos ciudadanos de pleno derecho que cumplen y ejercitan sus derechos, y no se esconden ante las obligaciones y vicisitudes de la vida pública. Debemos ser sal, levadura y luz.

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