Martes 11 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

Es claro que los discípulos todavía abrigaban ambiciones terrenas al pedir el primer puesto para cuando Cristo instaure en la tierra su Reino. Para corregir su orgullo el Señor les pone delante a un niño, exigiéndoles que si quieren entrar en el Reino de los Cielos, sean por voluntad lo que los niños son por edad. Los niños se caracterizan por su incapacidad de odio y se ve en ellos una total inocencia en lo que mira a los vicios, y principalmente al orgullo, que es el mayor de todos. Son sencillos y se abandonan confiadamente. La humildad es uno de los pilares maestros de la vida cristiana: «Si me preguntáis –decía San Agustín– qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo, os responderé: lo primero la humildad, lo segundo la humildad y lo tercero la humildad» (Epístola 118,22).

Meditación

La oveja extraviada

I. Leemos en el Evangelio la parábola del Buen Pastor que sale en busca de la oveja perdida: nos recuerda las innumerables veces que Jesús ha salido en nuestra busca, a pesar de las faltas de generosidad y de correspondencia. Nosotros no lo hemos merecido porque siempre nos alejamos por nuestra culpa. Ninguna de las ovejas recibió tantas atenciones como la que se había descarriado. Los cuidados de la misericordia divina sobre el pecador, sobre nosotros, son abrumadores. Contamos siempre con el amor de Cristo, que ni aun en los peores momentos de nuestra existencia deja de amarnos. ¿Cómo no hemos de amar la Confesión frecuente, donde encontramos a Cristo? No se santifica el que nunca comete errores, sino quien siempre se arrepiente, fiado en el amor que Dios le tiene, y se levanta para seguir luchando.

II. Jesús ama a cada uno tal y como es, con sus defectos; en su amor, no idealiza a los hombres; los ve con sus contradicciones y flaquezas, con sus inmensas posibilidades para el bien y con su debilidad, que tan frecuentemente aflora. ‘Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. Sólo Él lo conoce’ (Juan Pablo II, Homilía), y así lo ama, así nos ama. Jesús nos ama siempre, a pesar de ese fondo de miseria que se encuentra en el corazón humano. Nuestra vida es la historia del amor de Cristo, que tantas veces nos ha mirado con predilección, que en tantas ocasiones ha salido en nuestra búsqueda. Preguntémonos hoy cómo estamos correspondiendo en este momento de nuestra vida a tanto desvelo por parte del Señor. III. ‘Jesús me amó y se entregó por mí’ (Mt 28, 20). Ésta es la gran verdad que llena de consuelo: Jesús ama hasta dar la vida; y nos quiere como si cada uno de nosotros fuera el único destinatario de ese amor. Muchas veces hemos de meditar esa maravillosa realidad –Dios me ama–, que desborda con creces las expectativas más audaces del corazón humano. Jesús se dirige a cada uno de nosotros, a pesar de nuestras innegables miserias, para preguntarnos como a Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’… Es la hora de responder: ‘¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!’, añadiendo con humildad: ‘¡Ayúdame a amarte más, auméntame el amor!’ (S. Josemaría Escrivá, Forja).

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