Viernes 14 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

Es claro que los discípulos todavía abrigaban ambiciones terrenas al pedir el primer puesto para cuando Cristo instaure en la tierra su Reino (cfr Act 1,6). Para corregir su orgullo el Señor les pone delante a un niño, exigiéndoles que si quieren entrar en el Reino de los Cielos, sean por voluntad lo que los niños son por edad. Los niños se caracterizan por su incapacidad de odio y se ve en ellos una total inocencia en lo que mira a los vicios, y principalmente al orgullo, que es el mayor de todos. Son sencillos y se abandonan confiadamente. La humildad es uno de los pilares maestros de la vida cristiana: «Si me preguntáis –decía San Agustín– qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo, os responderé: lo primero la humildad, lo segundo la humildad y lo tercero la humildad» (Epístola 118,22).

Meditación

Matrimonio y virginidad

I. Cristo, Señor absoluto de toda legislación, restaura el matrimonio a su esencia y dignidad originales, tal como fue concebido por Dios. El Señor proclamó para siempre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio por encima de toda consideración humana (Mt 19, 3-12). Es tan fuerte este vínculo que se contrae, que sólo la muerte puede romperlo. Para sacar adelante esta empresa es necesaria la vocación matrimonial, que es un don de Dios (Concilio Vaticano II, Lumen gentium), de tal forma que los deberes conyugales, la educación de los hijos, el empeño por sacar adelante y mejorar económicamente a la familia, son situaciones que los esposos deben sobrenaturalizar (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa) viviendo a través de ellas una vida de entrega a Dios, con la persuasión de que Él provee su asistencia para poder cumplir los deberes del matrimonio, en el que se han de santificar. En la actualidad, los ataques a la familia, institución divina y humana, no cesan en ningún frente, por lo que al dar la doctrina verdadera –la ley natural, iluminada por la fe– estamos haciendo un gran bien a toda la sociedad.

II. Jesús también proclamó el valor del celibato y de la virginidad por amor al Reino de los Cielos, la entrega plena, ‘indiviso corde’ (1 Co 7, 33). Es una llamada en la que Dios muestra una particular predilección y para la que da unas ayudas muy determinadas. La virginidad y el matrimonio son necesarios para el crecimiento de la Iglesia, y si no se estima la virginidad, no se comprende con toda hondura la dignidad matrimonial; ‘cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor dado por el Creador, pierde significado la renuncia por el reino de los Cielos’ (Juan Pablo II, Familiaris consortio). La virginidad lleva consigo una particular juventud interior y una eficacia gozosa en el apostolado. Dios, dice San Ambrosio, ‘amó tanto a esta virtud, que no quiso venir al mundo sino acompañado por ella, naciendo de Madre virgen’ (San Ambrosio, Tratado sobre las vírgenes). III. Para llevar a cabo la propia vocación es necesario vivir la santa pureza, de acuerdo a las exigencias del propio estado, y es indispensable para entrar en intimidad con Dios. Esta virtud, y las que la acompañan, la modestia y el pudor, no están de moda, y para algunos resultan utópicas, pero ¡qué bien tan grande podemos realizar en el mundo viviéndolas delicadamente! Llevaremos a todos los lugares nuestro propio ambiente, con el ‘bonus odor Christi’, el buen aroma de Cristo, propio del alma recia que vive la castidad. Nuestra Madre Purísima nos ayudará a vivirla con naturalidad.

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