Domingo 16 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

La fe de esta cananea se describe de una manera excelente: pide, aunque parezca inoportuna, insiste aunque se sienta indigna, persevera ante las dificultades y logra lo que quiere. «Vemos muchas veces que el Señor no nos concede enseguida lo que pedimos; esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Tal retraso no es una negativa sino una prueba que nos dispone a recibir más abundantemente lo que pedimos» (S. Juan B. María Vianney, Serm. sob. orac.).

Meditación

El valor de la oración

I. El Evangelio de la Misa (Mt 15, 21-28) nos relata la ocasión cuando una mujer gentil pedía a grandes voces: ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! ¡Mi hija es cruelmente atormentada por el demonio!, Jesús no respondió palabra. La mujer se postró a sus pies (Mc 7, 24-25), y el Señor, aparentemente, no le hizo el menor caso. La mujer persevera en su clamor, pero Jesús se niega. Esta madre no se da por vencida: se postró ante Él diciendo: ¡Señor, ayúdame! ¡Cuánta fe!, ¡Cuánta humildad! Conquista el Corazón de Cristo, y provoca uno de los mayores elogios del Señor y el milagro que pedía: ¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase como tú quieres. Y quedó sana su hija en aquel instante. Esta mujer es el modelo de constancia que deben meditar quienes se cansan pronto de pedir. Dios oye de modo especial la oración de quienes saben amar, aunque alguna vez parezca que guarda silencio. Espera de nosotros un deseo más ferviente, más humildad, espera más firme nuestra fe, más grande la esperanza, más confiado el amor.

II. Aunque el Señor nos concede muchos dones y beneficios sin haberlos pedido, otras gracias ha dispuesto otorgarlas a través de nuestra oración, o la de aquellos que se encuentran más cerca de Él. Enseña Santo Tomás (Suma Teológica) que nuestra petición no se dirige a cambiar la voluntad divina, sino a obtener lo que ya había dispuesto que nos concedería si se lo pedíamos. Por eso debemos perseverar, y de solicitar a otras personas que rueguen por las intenciones santamente ambiciosas que tenemos en nuestro corazón. El mismo Santo Tomás explica que una de las causas de que Jesús no respondiera enseguida a aquella mujer fue porque quería que los discípulos intercedieran por ella. Hemos de pedir con fe. Y esta fe nos llevará a un abandono pleno en las manos de Dios. III. El Señor quiere que le pidamos muchas cosas. En primer lugar, lo que se refiere al alma: gracia para luchar contra los defectos, más rectitud de intención en lo que hacemos, fidelidad a la propia vocación, luz para recibir con más fruto la Sagrada Comunión, una caridad más fina, docilidad en la dirección espiritual. También quiere el Señor que roguemos por todas nuestras necesidades: trabajo, si nos falta, salud… Y todo en la medida en que nos sirva para amar más a Dios. También pidamos por aquellas personas a quienes nos une un vínculo más fuerte y por aquellas que el Señor ha puesto a nuestro cuidado. Y no olvidemos aprovechar la intercesión de nuestro Ángel Custodio, y especialmente de Nuestra Madre Santa María.

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