Lunes 17 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

Los evangelistas al narrar este suceso trascienden la mera anécdota para situarnos ante un caso tipo: se describe una situación, se formula una ley: la de la vocación divina, específica, para entregarse a su servicio y al de todos los hombres. Este joven ha quedado como figura del cristiano a quien su mediocridad y cortedad de miras le impide convertir su vida en una entrega gozosa y fecunda al servicio de Dios y del prójimo. Si hubiera sido lo bastante generoso para responder al llamamiento divino, ¿qué hubiera llegado a ser? Un gran apóstol, sin duda.

Meditación

Alegría y generosidad

I. Los planes de Dios no coinciden generalmente con los nuestros, con los que proyectamos en la imaginación, con aquellos que fabrica la vanidad o el egoísmo. Los planes divinos, formados desde la eternidad para nosotros, son los más bellos que nunca pudimos imaginar, aunque algunas veces nos desconcierten. Jesús nos invita a dejar libre el corazón para llenarlo todo de Dios, y nuestra alegría es fruto de la generosidad, de responder a las sucesivas llamadas que a cada uno en su estado dirige Cristo que pasa. La vida se llena de gozo y de paz en esa disponibilidad absoluta ante la voluntad de Dios que se manifiesta en momentos bien precisos de nuestra existencia; quizá ahora mismo. Una vez que alguien ha sentido posarse sobre él la mirada del Señor, ya nunca la olvida, ya no es posible vivir como antes: a Jesús se le sigue o se le pierde.

II. Nosotros nos entristecemos cuando nos negamos a entregar nuestra libertad a Dios, como en la parábola del joven rico del Evangelio de hoy (Mt 19, 16-22); libertad que, si no nos sirve para llegar a la meta, a Cristo que pasa por nuestra vida, de poco habrá de servirnos. La tristeza nace en el corazón como una planta dañina cuando nos alejamos de Cristo, cuando le negamos aquello que de una vez, o poco a poco, nos va pidiendo, cuando nos falta generosidad. Puede haber enfermedad, puede haber cansancio, pero la tristeza del corazón es distinta; en su origen encontramos siempre la soberbia y el egoísmo. ‘Hay que saber entregarse, arder delante de Dios como esa luz que se pone sobre el candelero, para iluminar a los hombres que andan en tinieblas; como esas lamparillas que se quedan junto al altar, y se consumen alumbrando hasta gastarse’ (S. Josemaría Escrivá, Forja). III. La tristeza hace mucho daño al alma, un alma triste está a merced de muchas tentaciones. ¡Cuántos pecados han tenido su origen en la tristeza! ¡Cuántos ideales ha roto! ‘Luz, para que investigues en los motivos de tu tristeza’ (S. Josemaría Escrivá, Camino). Siempre podemos crecer en alegría, si estamos buscando seriamente al Señor en lo que cada día nos sucede, en la oración, en el empeño por mantener la presencia de Dios. Examinemos nuestra generosidad con los demás, y nos preguntaremos: ¿me preocupo excesivamente de mí mismo, de mis cosas, de mi salud, de mi futuro, de mis pequeñeces? Muchas personas pueden encontrar a Dios a través de nuestra alegría. Santa María, Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.

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