Jueves 20 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

Estas palabras no contradicen, en modo alguno, la voluntad salvífica universal de Dios. En efecto, Cristo, en su Amor por los hombres, busca la conversión de cada alma con infinita paciencia, hasta el extremo de morir en la cruz. Es la doctrina que enseña el apóstol S. Pablo, cuando dice que Cristo nos amó y «se entregó a sí mismo por nosotros como oblación y víctima» (Ef 5,2). Cada uno de nosotros puede afirmar con el Apóstol que Cristo «me amó y se entregó a sí mismo por mí». No obstante, Dios, en su infinita sabiduría, respeta la libertad del hombre, que tiene la tremenda posibilidad de rechazar la gracia.

Meditación

El llamado al banquete de bodas

I. La imagen del banquete era familiar al pueblo judío, pues los Profetas habían anunciado que Yahvé prepararía un festín extraordinario para todos los pueblos cuando llegara el Mesías. Significa este banquete, en primer lugar, la plenitud de bienes que nos reportaría la Encarnación y la Redención, y el don inestimable de la Sagrada Eucaristía. Jesús llama insistentemente a todos los hombres, a cada uno según unas circunstancias determinadas. Jesús nos invita a una mayor intimidad con Él, a una mayor entrega y confianza. Y cada día nos llama para que acudamos a la mesa que nos tiene preparada. Él es quien invita, y Él mismo se da como manjar, pues este gran banquete es figura también de la Comunión. “Considera qué gran honor se te ha hecho –nos exhorta San Juan Crisóstomo–. De qué mesa disfrutas. A quien los ángeles ven con temblor, y por el resplandor que despide no se atreven a mirar de frente, con Ése mismo nos alimentamos nosotros, con Él nos mezclamos, y nos hacemos un mismo cuerpo y carne de Cristo” (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo).

II. Al Señor no le podemos recibir de cualquier manera: distraídos, sin atención, sin saber bien lo que hacemos. No vayamos a presentarnos ante el Señor vestidos de harapos, porque tenemos el peligro de disfrazar los defectos y justificar las acciones. La Comunión supone en primer lugar recibir al Señor en gracia. Nuestra Madre la Iglesia nos enseña y nos advierte que “nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal, por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la Confesión sacramental” (Dz 880, 693). Sabemos que nunca estaremos lo suficientemente dispuestos para recibir como se merece al Señor en nuestra alma, pero Él sí espera los detalles que están a nuestro alcance: la Confesión frecuente, fomentar los deseos de purificación; aumentar los actos de fe, de amor y humildad en el momento de recibirlo, y un porte exterior digno. III. Nos ayuda a comulgar con más amor la lucha por vivir en presencia de Dios durante el día y el hecho mismo de procurar cumplir lo mejor posible nuestros deberes cotidianos; sintiendo, cuando cometemos un error, la necesidad de desagraviar al Señor; llenando la jornada con acciones de gracias y de comuniones espirituales, de tal modo que cada vez sea más continuo vivir el trabajo, la vida en familia y todo cuanto hacemos, con el corazón puesto en el Señor. Acudamos a Nuestra Madre, para que nos ayude a recibir a su Hijo con el mismo amor con el que Ella lo recibió es su seno.

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