Martes 25 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

Antes el Señor había reprochado a los fariseos su hipocresía en las prácticas de piedad; aquí les echa en cara su simulación en el terreno moral. Los judíos hacían numerosas abluciones de platos, vasos y objetos de mesa, según las condiciones requeridas sobre la pureza legal.

La imagen utilizada apunta a un nivel más profundo: el cuidado de la pureza moral que está en el interior del hombre. Esta es la que primordialmente interesa: limpieza del corazón, rectitud de intención, coherencia entre palabras y obras, etc.

Meditación

Primero, ser justos

I. Jesucristo rechaza la posición de los fariseos que se preocupaban por el pago del diezmo: décima parte del producto de los frutos del campo, para el sostenimiento del Templo. Incluso lo hacían de las plantas aromáticas que cultivaban en sus jardines, pero a la vez dejaban de cumplir otros graves mandamientos en relación al prójimo: la justicia, la misericordia y la fidelidad (Mt 23, 23). Los cristianos no debemos caer jamás en estas hipocresías. La virtud de la justicia se fundamenta en la intocable dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y destinada a una felicidad eterna. Consiste en dar a cada uno lo suyo y se enriquece y se perfecciona con la misericordia y la caridad.

II. Vivir la justicia con el prójimo es mucho más que no causarle daño, y no basta con lamentarse ante situaciones de injusticia; quejas y lamentaciones que serán estériles si no se traducen en más oración y obras para remediar esta situación. Vivir la justicia con los que nos relacionamos significa, entre otros deberes, respetar su derecho a la fama, a la intimidad, a una retribución económica suficiente. También implica el derecho a la vida, a la fidelidad, a la verdad, la responsabilidad y la buena preparación, la laboriosidad y la honestidad, el estudio a conciencia, y el cuidado de los instrumentos de trabajo. Debemos vivir los deberes de justicia con aquellos que el Señor nos ha encomendado, dedicándoles tiempo, colaborando en su formación, y tratando con más esmero a aquel que, por su enfermedad, edad o por sus condiciones particulares, más lo necesita. Además debemos recordar que la calumnia, la maledicencia y la murmuración son injusticias, pues ‘entre los bienes temporales la buena reputación parece ser lo más valioso, y por su pérdida el hombre queda privado de hacer mucho bien’ (Santo Tomás, Suma Teológica). III. La economía tiene sus propias leyes y mecanismos, pero estas leyes no son suficientes ni supremas, ni esos mecanismos son inamovibles. El orden económico debe estar sometido a los principios superiores de la justicia social y tener en cuenta la dignidad de la persona (Pío XI, Cuadragésimo anno). La justicia social también exige que al trabajador no se le deje a merced de las leyes de la competencia, como si su trabajo fuera sólo una mercancía (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis), y una de las preocupaciones del Estado y de los empresarios ‘debe ser ésta: dar trabajo a todos’ (Juan Pablo II, En el estadio de Morumbi). Pidamos a la Santísima Virgen esa rectitud de conciencia, para contribuir a hacer la sociedad en que vivimos un ámbito de convivencia digno de hijos de Dios.

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