Viernes 28 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

La enseñanza principal de la parábola es la exhortación a la vigilancia: en la práctica es tener la luz de la fe, que se mantiene viva con el aceite de la caridad. Entre los hebreos las bodas se celebraban en casa del padre de la desposada. Las vírgenes son las jóvenes no casadas, damas de honor de la novia, que esperan en casa de ésta la venida del esposo. La atención de la parábola se centra en la actitud que se debe adoptar hasta la llegada del esposo. En efecto, no es suficiente saberse dentro del Reino, la Iglesia, sino que es preciso estar vigilantes y prevenir con buenas obras la venida de Cristo.

Meditación

El aceite de la caridad

I. En el Evangelio de la Misa de hoy, el Señor nos insiste acerca de la vigilancia que hemos de tener sobre nosotros mismos y sobre los demás, y se centra en la actitud que se ha de tener a la llegada del Señor. Él viene a nosotros, y debemos aguardarle con espíritu vigilante, despierto el amor, pues –dice San Gregorio Magno– ’dormir es morir’ (Homilías sobre los Evangelios). No basta haber iniciado el camino que nos lleva a Cristo: es preciso mantenernos en él con una alerta continua, porque la tendencia del hombre es la de suavizar la entrega que lleva consigo la vocación cristiana. Es necesario estar atentos porque puede ser muy fuerte la presión del ambiente que tiene como norma de vida la búsqueda insaciable de la comodidad. La virtud teologal de la caridad debe alumbrar siempre nuestros actos, en toda circunstancia, en todo momento. El aceite que mantiene encendida la caridad es la oración cuidada y llena de amor: la intimidad con Jesús.

II. El Señor nos pide perseverancia en el amor, que irá creciendo siempre, sintiendo en cada época y situación la alegría de servir a Cristo: sin desánimos, perseverantes en el esfuerzo diario, para que el Amor nos encuentre preparados cuando venga. Cuando el cristiano pierde esa actitud atenta, cuando cede al pecado venial y deja que se enfríe el trato de amistad con Cristo, cuando va dejando a un lado el espíritu de mortificación, se queda a oscuras; sin luz para sí mismo y para los demás que tenían derecho al influjo de su buen ejemplo. No está el amor a Dios en haber comenzado –incluso con mucho ímpetu–, sino en perseverar, en recomenzar una y otra vez. III. De esta actitud vigilante que el Señor desea que mantengamos en el corazón han de beneficiarse quienes están más cerca.‘Frater qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma’ (Liturgia de las horas), el hermano ayudado por su hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada, que el enemigo no puede asaltar. Es necesario que seamos lámparas encendidas, que alumbren el camino de muchos. Debemos amparar y proteger a esas personas con las que el Señor ha querido que tengamos unos vínculos más estrechos y un trato particular, ayudándolos con la oración, con la corrección fraterna, con un consejo oportuno, con una palabra de aliento… Hasta con el saludo podemos hacerles bien, pues ‘el saludo es cierta especie de oración’ (Santo Tomás, Catena aurea). Si somos fieles, el Señor nos introducirá en el banquete de bodas en el Amor sin medida y sin fin.

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