Domingo 30 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

Las palabras de Cristo son de una claridad meridiana: sitúan a cada hombre, individualmente, ante el Juicio Final. La salvación tiene, pues, un carácter radicalmente personal: «retribuirá a cada uno según su conducta». El fin del hombre no es ganar los bienes temporales de este mundo, que son sólo medios o instrumentos; el fin último del hombre es Dios mismo, que se posee como anticipo aquí en la tierra por la gracia, y plenamente y para siempre en la Gloria. Jesús indica cuál es el camino para conseguir ese fin: negarse a uno mismo (es decir, todo lo que es comodidad, egoísmo, apegamiento a los bienes temporales) y llevar la cruzo. Porque ningún bien terreno, que es caduco, es comparable a la salvación eterna del alma. Como explica con precisión teológica Santo Tomás, «el menor bien de gracia es superior a todo el bien del universo» (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q. 113, a. 9).

Meditación

Contar con la cruz

I. Los Apóstoles no comprendían cuando Jesús les anunció que padecería mucho por parte de los judíos y finalmente moriría para resucitar al día tercero. Ellos todavía tenían una imagen temporal del Reino de Dios. Pedro, llevado por su inmenso cariño por Jesús, quiso apartarle de la Cruz, sin comprender aún que ésta es un gran bien para la humanidad y la suprema muestra de amor de Dios por nosotros. La predicación de la Cruz, de la mortificación, del sacrificio, como un bien, como medio de salvación, chocará siempre con quienes la miren, como Pedro en esta ocasión, con ojos humanos. Pensando sólo con lógica humana, es difícil de entender que el dolor, el sufrimiento, aquello que se presenta costoso, puede llegar a ser un bien. El miedo al dolor es un impulso arraigado en nosotros y nuestra primera reacción es rehuirlo. La fe sin embargo, nos hace ver, y experimentar, que sin sacrificio no hay amor, no hay alegría verdadera, no se purifica el alma, no encontramos a Dios. El camino de la santidad pasa por la Cruz, y todo apostolado se fundamenta en ella.

II. Hoy encontramos también a muchos que no sienten las cosas de Dios sino las de los hombres. Tienen la mirada en lo de aquí abajo, en los bienes materiales, sobre los que se abalanzan sin medida, como si fueran lo único real y verdadero. La humanidad sufre una ola de materialismo que parece querer invadirlo y penetrarlo todo. La ideología hedonista, según la cual el placer es el fin supremo de la vida, impregna especialmente las costumbres y los modos de vida en naciones económicamente más desarrolladas, pero es también “el estilo de vida de grupos cada vez más numerosos de países más pobres” (Juan Pablo II, Homilía). Este materialismo radical ahoga el sentido religioso de los pueblos y de las personas, se opone directamente a la doctrina de Cristo, quien nos invita una vez más en el Evangelio de la Misa a tomar la Cruz como condición necesaria para seguirle. III. Sólo el alma que lucha por mantenerse en Dios permanecerá en una juventud siempre mayor, hasta que llegue el encuentro con el Señor. Todo lo demás pasa, y deprisa. Jesús nos lo recuerda en el Evangelio de hoy: ¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? (Mt 16, 26). Inclusive el bien temporal, que los cristianos tenemos obligación de procurar como la técnica y la ciencia, debe estar siempre al servicio de la dignidad de la persona. Sólo con un amor recto, que la templanza custodia y garantiza, sabremos dar verdadero sentido a la necesaria preocupación por los bienes materiales, y enraizado este amor en la generosidad y en el sacrificio alcanzará el Cielo al que ha sido destinado desde la eternidad.

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