Martes 1 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

El demonio dice la verdad en esta ocasión, al llamarle «el Santo de Dios», pero Jesús no acepta este testimonio del «padre de la mentira» (cfr Jn 8,44). En efecto, el demonio suele decir alguna vez la verdad para encubrir el error y, al sembrar así la confusión, engañar más fácilmente. Jesús, al hacer callar al demonio y expulsarle, nos enseña a ser prudentes y a no dejarnos engañar por las verdades a medias.

Meditación

Enseñaba con autoridad

I. San Marcos señala en su Evangelio que las gentes estaban admiradas de Jesús y su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. A través de su Santísima Humanidad hablaba la Segunda Persona de la Trinidad, y el pueblo que lo escuchaba percibió con claridad la seguridad y fuerza con que el Señor declaraba su doctrina. Habla en nombre propio: ‘Yo os digo’. Jesús nos sigue hablando uno a uno, personalmente, en la intimidad de la oración, al leer cada día el Evangelio… Hemos de aprender a escucharle también entre los mil sucesos del día, y en lo que nosotros llamamos fracaso o dolor. “(…) En ese texto encontrarás la Vida de Jesús; pero además, debes encontrar tu propia vida. Toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. –Así han procedido los santos” (S. Josemaría Escrivá, Forja).

II. Las palabras de Jesús están llenas de vida, penetran hasta el fondo del alma, y cuando nosotros lo permitimos, también nos transforman. En el Santo Evangelio encontramos cada día a Cristo mismo que nos habla, nos enseña y nos consuela. En su lectura –unos pocos minutos cada día– aprendemos a conocerle cada vez mejor, a imitar su vida, a amarle. El Espíritu Santo –autor principal de la Escritura Santa– nos ayudará, si acudimos a Él en petición de ayuda, a ser un personaje más de la escena que leemos, a sacar una enseñanza, quizá pequeña pero concreta para ese día. III. El Señor nos habla de muchas maneras cuando leemos el Evangelio: nos da ejemplo con su vida para que le imitemos en la nuestra; nos enseña el modo de comportarnos con nuestros hermanos, y su predilección por los pequeños y pobres; nos recuerda que somos hijos de Dios y que nada debe quitarnos la paz; nos enseña a perdonar y a que seamos misericordiosos con los defectos ajenos, pues Él lo fue en grado sumo; nos alienta a preparar con esmero la Confesión frecuente, donde nos espera el Padre del Cielo para darnos un abrazo; nos impulsa a santificar el trabajo, haciéndolo con perfección humana, como Él lo hizo en Nazaret. Por todo esto, es recomendable que lo leamos a primera hora del día para tenerlo presente en nuestra jornada. Todos los días, mientras leemos el Evangelio, Jesús pasa junto a nosotros. No dejemos de verlo y oírlo, como aquellos discípulos que se encontraron con Él en el camino de Emaús. “Quédate con nosotros, porque ha oscurecido… ¡Qué pena si tú y yo no supiéramos ‘detener’ a Jesús que pasa! ¡Qué dolor, si no le pedimos que se quede!” (S. Josemaría Escrivá, Surco).

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