Jueves 3 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

San Lucas relata la vocación de Pedro y de los primeros discípulos de manera ligeramente distinta a los otros evangelios. Su vocación se produce en los inicios de la vida pública y en los cuatro evangelios se refleja la llamada apremiante de Cristo y la respuesta inmediata de los discípulos. Lucas deja trasparentar la relación especial de Jesús con Pedro ya que éste es su interlocutor a lo largo de todo el relato, pues él va a ser quien gobernará después la barca de la Iglesia. «Antes de ser apóstol, pescador. Después de apóstol, pescador. La misma profesión que antes, después. ¿Qué cambia entonces? Cambia que en el alma –porque en ella ha entrado Cristo, como subió a la barca de Pedro– se presentan horizontes más amplios, más ambición de servicio, y un deseo irreprimible de anunciar a todas las criaturas las ‘magnalia Dei’ (Hch 2,11), las cosas maravillosas que hace el Señor, si le dejamos hacer» (S. Josemaría Escrivá, Hom. 2. 264-5).

Meditación

El poder de la obediencia

I. Pedro, a la orilla del lago de Genesaret, había terminado de lavar sus redes después de haber bregado toda la noche sin pescar nada. Jesús le dice: ‘Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca’ (Lc 5, 1-11). Todo invita a la excusa: el cansancio, la frustración de no haber pescado nada, las redes lavadas para la noche siguiente, la inoportunidad de la hora… Pero la mirada de Jesús, Su palabra, llevaron a Pedro a embarcarse de nuevo. También nosotros, cuando nos parece que todo ha fracasado y encontramos motivos para abandonar todo, debemos oír la voz de Jesús que nos dice: ‘Guía mar adentro, vuelve a empezar… en mi Nombre’. El Señor siempre nos acompaña en nuestra barca, nosotros solamente necesitamos docilidad y poner en práctica los consejos que hemos recibido en la Confesión, en la dirección espiritual.

II. Pedro se adentró en el lago con Jesús en su barca y pronto se dio cuenta de que las redes se llenaban de peces; tantos, que parecía que se iban a romper. Este pasaje del Evangelio tiene muchas enseñanzas: por la noche, en ausencia de Cristo, la labor había sido estéril: lo mismo sucede con las labores apostólicas que no cuentan con el Señor. Pedro, con su gran experiencia como pescador, con humildad, se fía de la palabra de Jesús que no tenía experiencia en su oficio. La necesidad de la obediencia para quien quiere ser discípulo de Cristo –por encima de toda razón de conveniencia, de eficacia– está en que forma parte del misterio de la Redención, pues Cristo mismo ‘reveló su misterio y realizó la redención con su obediencia’ (Concilio Vaticano II, Lumen gentium). La obediencia nos lleva a querer identificar en todo nuestra voluntad con la voluntad de Dios que se manifiesta a través de los padres, de los superiores y de nuestros deberes. El Señor espera de nosotros una obediencia delicada y alegre. Si permanecemos con Cristo, Él llena siempre nuestras redes. III. Pedro quedó admirado, miró a Jesús, y se arrojó a sus pies diciendo: ‘Apártate de mí que soy un hombre pecador’. Pedro comprendió su pequeñez. Entonces Jesús le dice: ‘No temas: desde ahora serán hombres los que habrás de pescar’. Jesús comenzó pidiéndole su barca y se quedó con su vida. Pedro comenzó obedeciendo en lo pequeño y el Señor le manifestó los grandiosos planes que para él, pobre pescador de Galilea, tenía desde la eternidad: la roca, el cimiento inconmovible de la Iglesia. Nuestra Madre, ‘Stella maris’, Estrella del mar, nos enseñará a ser generosos con el Señor cuando nos pida prestada nuestra pobre barca.

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