Jueves 10 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

Estas palabras, colocadas a continuación de las bienaventuranzas, bien podrían considerarse como el núcleo de la doctrina de Jesús en lo que se refiera al amor y misericordia que los cristianos debemos tener con los demás. El mismo Jesús a lo largo de su vida terrena, y de modo especial en su muerte, nos ha dado ejemplo.

Meditación

El mérito de las obras buenas

I. La vida es un tiempo para merecer; en el Cielo ya no se merece, sino que se goza de la recompensa; tampoco se adquieren méritos en el Purgatorio, donde las almas se purifican de la huella que dejaron sus pecados. En el Evangelio de la Misa de hoy (Lc 6, 27-38) nos enseña el Señor que las obras del cristiano han de ser superiores a la de los paganos para obtener esa recompensa sobrenatural. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? Pues también los pecadores aman a quienes los aman. La caridad debe abarcar a todos los hombres, sin limitación alguna, y no sólo debe extenderse a quienes nos hacen bien, porque para esto no sería necesaria la ayuda de la gracia: también los paganos aman a quienes los aman a ellos. ‘Mis elegidos no trabajarán nunca en vano’, nos dice en Señor en boca del Profeta Isaías (65, 23). Ahora es el tiempo de merecer.

II. La más pequeña obra de cada día ofrecida al Señor, puede ser meritoria por los infinitos merecimientos que Cristo nos alcanzó en su vida aquí en la tierra, pues de su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia (Jn 1, 16). A unos dones se añaden otros, en la medida en que correspondemos; y todos brotan de la misma fuente única que es Cristo, cuya plenitud de gracia no se agota nunca. Una sola gota de Su Sangre, enseña la Iglesia, habría bastado para la Redención de todo el género humano. Nadie como la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, participó con tanta plenitud de los méritos de su Hijo. Debe darnos una gran alegría considerar con frecuencia los méritos infinitos de Cristo, la fuente de nuestra vida espiritual, y contemplar también las gracias que María nos ha ganado con su inmensa fe y perfecta caridad. III. Nuestros actos merecen, en virtud del querer de Dios, una recompensa que supera todos los honores y toda la gloria que el mundo pueda ofrecernos. El cristiano en estado de gracia logra con su vida corriente, cumpliendo sus deberes, un aumento de gracia en su alma y la vida eterna. Nuestras obras son meritorias si las realizamos bien y con rectitud de intención, buscando sólo la gloria de Dios; nos apropiamos así las gracias de valor infinito que el Señor nos alcanzó principalmente en la cruz y los de su Madre, que tan singularmente corredimió con Él. ¿Procuramos ofrecer todo al Señor? Aprovechemos todas las oportunidades para ayudar a los demás en su camino hacia el Cielo. ‘Alegraos y regocijaos en aquel día, porque es muy grande vuestra recompensa’ (Lc 6, 20-26). Nuestra Madre nos ayudará a pensar en el Cielo y enderezar nuestros pasos hacia él.

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