Domingo 13 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

La cifra de setenta veces siete en el lenguaje hebreo viene a equivaler al adverbio «siempre»: «De modo que no encerró el Señor el perdón en un número determinado, sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre» (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de san Mateo, 61). También se puede observar aquí un contraste entre la actitud mezquina de los hombres en perdonar con cálculo y la misericordia infinita de Dios.

Meditación

El perdón ilimitado

I. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor y pedir la salud al Señor? (Si 27, 33; 28, 1-9). Dios concede su perdón a quien perdona. La indulgencia que empleemos con los demás es la que tendrán con nosotros. Ésta es la medida. El Señor con su Muerte en la Cruz nos ha hecho a todos los hombres y ha saldado el pecado de todos. Jesús le contesta a Pedro cuando le pregunta si debe perdonar hasta siete veces a su hermano que le ofende: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete (Mt 18, 21-35). Para perdonar de corazón, con total olvido de la injuria recibida, hace falta una gran fe que alimente la caridad. Por eso las almas que han estado muy cerca de Cristo ni siquiera han tenido necesidad de perdonar porque, por grandes que hayan sido las injurias, las calumnias, no se sintieron personalmente ofendidas, pues sabían que el único mal es el mal moral, el pecado; las demás ofensas no llegaban a herirles. Examinemos si guardamos en el corazón algún agravio, algo de rencor por una injuria real o imaginaria, si nuestro perdón es rápido y sincero, y si pedimos al Señor por aquellas personas que, quizá sin darse cuenta, nos ofendieron.

II. A veces son cosas pequeñas las que nos pueden herir: un favor que no nos agradecen, una recompensa justa que nos es negada, una palabra desagradable que nos llega en un momento de cansancio… Otras pueden ser más graves: calumnias sobre las personas que amamos, interpretaciones torcidas de aquello que hemos procurado hacer con rectitud de intención… Sea lo que fuere, para perdonar con rapidez, sin que nada quede en el alma, necesitamos desprendimiento y un corazón grande orientado a Dios. El perdón cristiano y, cuando sea necesario, la defensa justa y serena de los propios derechos o los de aquellos que nos están encomendados, servirán para acercar a Dios a quienes hayan podido cometer injusticias. Hemos de esforzarnos a imitar al Señor que está dispuesto a perdonar todo de todos. Mal viviríamos nuestro camino de discípulos de Cristo si al menor roce con los que convivimos se enfriase nuestra caridad. Algunas veces bastará con sonreír o devolver el saludo. Las pequeñeces diarias no pueden hacernos perder la alegría, que debe ser algo habitual y profundo en nuestra vida.

III. Debemos perdonar siempre y todo porque es mucho –sin medida– lo que Dios nos perdona. De ahí que sólo sepan perdonar las almas humildes, conscientes de lo mucho que se les ha perdonado. En el sacramento de la penitencia, el Señor nos concede su perdón de modo muy personal. ¡Qué gran escuela de amor y generosidad es la Confesión! Pidamos a la Virgen nos ayude a aumentar el espíritu de desagravio y de reparación por las ofensas al Corazón misericordioso de Jesús.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s