Miércoles 16 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

«Pero sólo aquellos que tienen la sabiduría de Dios»: La sabiduría que aquí se menciona es la Sabiduría divina, que es por excelencia el mismo Cristo. «Hijo de la Sabiduría» es un hebraísmo que significa sencillamente «sabio»; a su vez es verdaderamente sabio el que llega a conocer a Dios, le ama y se salva: en una palabra, el santo.

La sabiduría divina se manifiesta en la creación y gobierno del universo y, sobre todo, en la salvación del género humano. Que los sabios ‘justifiquen’ la sabiduría parece significar que los sabios, los santos, den testimonio de Cristo con su vida santa: «Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos» (Mt 5,16).

Meditación

Hacer el bien con la palabra

I. Jesús reprocha a quienes interpretan torcidamente sus enseñanzas y nos transmite lo que comentaban algunos del Bautista y de Él Mismo: ‘Porque llegó Juan, que no comía pan ni bebía vino, y decís: Tiene demonio. Llegó el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: He aquí un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y bebedores’ (Lc 7, 31-35). La Sabiduría divina se manifiesta de manera distinta en Juan y en Jesús. El Señor termina así el pasaje del Evangelio citado: ‘Y la sabiduría ha sido manifestada por todos sus hijos’. Muchos fariseos y doctores de la Ley no supieron descubrir esa sabiduría que llega a hasta ellos. En vez de cantar la gloria de Dios que tienen delante, emplean sus palabras en la maledicencia, tergiversando lo que ven y lo que oyen. Sus ojos no ven las maravillas que se realizan en su presencia, y su corazón está cerrado ante el bien. La palabra es un gran don de Dios que nos ha de servir para cantar sus alabanzas y para hacer siempre el bien con ella, nunca el mal.

II. A Jesús le gustaba conversar con sus discípulos, nunca rehusó el diálogo con quienes se le acercaban en las situaciones de cultura, de tiempo… más diversas. Con todos se entendía Jesús y todos salían confortados con sus palabras. Y en esto debemos imitar al Maestro. La palabra, regalo de Dios al hombre, nos ha de servir para hacer el bien: para consolar al que sufre, para enseñar al que no sabe; para corregir al que yerra; para fortalecer al débil; para levantar amablemente al que ha caído, como Jesús hace constantemente. Esto es hablar: enriquecer, orientar, animar, alegrar, consolar, hacer amable el camino, llevar la paz, ayudar a descubrir la propia vocación. Y muchos encontrarán a Cristo en esas confidencias normales llenas de sentido positivo. III. No podemos utilizar la palabra de modo frívolo, vacío o inconsiderado, como ocurre en la locuacidad, y menos faltar con ella a la verdad o a la caridad, pues la lengua –como afirma el Apóstol Santiago– se puede convertir en un mundo de iniquidad, haciendo mucho daño a nuestro alrededor… ¡Cuánto amor roto, cuánta amistad perdida, porque no se supo callar a tiempo! Jesús nos advierte: ‘Yo os digo que de cualquier palabra ociosa que hablen los hombres han de dar cuenta en el día del juicio’ (Mt 12, 35). De nosotros tendría qué decirse que en ninguna circunstancia nos oyeron hablar mal de nadie. Pidámosle a la Virgen que nosotros, como su Hijo, pasemos nuestra vida, haciendo el bien, también con nuestra palabra.

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