Viernes 18 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

El Señor acoge la dedicación y la asistencia de estas mujeres que cooperaban así en la tarea apostólica de la predicación del Reino de Dios. Solamente Lucas recoge este dato y da el nombre de tres de ellas: María Magdalena, el primer testigo de la resurrección; Juana, de posición acomodada y también testigo de la resurrección; y Susana, de la que no tenemos otra noticia que esta mención.

Meditación

Servir a Jesús

I. En la vida pública de Jesús aparece un grupo de mujeres que desempeñan un papel conmovedor por su ternura y su adhesión al Maestro. El Señor quiso apoyarse en su generosidad y en su desprendimiento. Él, que nunca deja nada sin agradecer ¡cómo les pagaría tanto desvelo y delicadeza para atender sus necesidades domésticas y las de sus discípulos! Con excepción de Juan, ellas fueron las únicas que tuvieron la fortaleza de estar al pie de la Cruz. El Señor agradecido, en la aurora de la Resurrección se aparece a ellas en primer lugar. Los Ángeles que custodiaban el sepulcro fueron vistos solamente por ellas. El ejemplo de estas mujeres fieles es una llamada a nuestra fidelidad y a nuestro servicio al Señor y a los demás, sin condiciones. Nos basta entender que cada favor en beneficio de otros es un servicio directo a Cristo. Te serviré, Señor, todos los días de mi vida, desde el comienzo de la jornada.

II. Desde los primeros momentos de la Iglesia, destaca el servicio incomparable de la mujer a la extensión del Reino de Dios. La Iglesia tuvo siempre una profunda comprensión del papel que la mujer cristiana como madre, esposa y hermana debía desempeñar en la propagación del Cristianismo, y espera de ella su compromiso a favor de lo que constituye la verdadera dignidad de la persona humana. “La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad…” (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer). II. “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su plenitud si no es la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes). Es en el amor, en la entrega, en el servicio a los demás donde la persona humana lleva a cabo la vocación recibida de Dios. Hoy, al considerar la generosidad y la fidelidad de las mujeres del Evangelio, pensemos cómo es la nuestra; si contribuimos a la extensión del reino de Dios, si somos generosos con nuestros medios económicos, con nuestros talentos y con nuestro tiempo. Acudimos a Nuestra Madre para que nos ayude a ser fieles y desprendidos en el servicio a la Iglesia.

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