Domingo 20 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

La parábola va dirigida directamente al pueblo judío. Dios lo llamó a primera hora, desde hacía siglos. Últimamente ha llamado también a los gentiles. Todos son llamados con el mismo derecho a formar parte del nuevo Pueblo de Dios, que es la Iglesia. Para todos la invitación es gratuita. Por eso, los judíos, que fueron llamados primero, no tendrían razón al murmurar contra Dios por la elección de los últimos, que tienen el mismo premio: formar parte de su Pueblo. A primera vista, la protesta de los jornaleros de primera hora parece justa. Y lo parece, porque no entienden que poder trabajar en la viña del Señor es un don divino. Jesús deja claro con la parábola que son diversos los caminos por los que llama, pero que el premio es siempre el mismo: el Cielo.

Meditación

La viña del Señor

I. En la vida de las personas se dan momentos particulares en los que Dios concede especiales gracias para encontrarle, y nos exige el abandono del pecado y la conversión del corazón. En la lectura de la Misa (Is 55, 6-9) nos dice: Mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes más altos que vuestros planes. ¡Tantas veces nos quedamos cortos ante las maravillas que Dios nos tiene preparadas! ¡En tantos momentos nuestros planteamientos nos quedan pequeños! En el Evangelio de hoy (Mt 20, 1-16), el Señor quiere que consideremos cómo esos planes redentores están íntimamente relacionados con el trabajo de su viña, cualesquiera que sean la edad y las circunstancias en que Dios se nos ha acercado y nos ha llamado para que le sigamos. Nosotros, llamados a la viña del Señor a distintas horas de nuestra vida, sólo tenemos motivos de agradecimiento. La llamada en sí misma ya es un honor. Para todos, el jornal se debe a la misericordia divina, y es siempre inmenso y desproporcionado por lo que aquí hayamos trabajado por el Señor.

II. Entre los males que aquejan a la humanidad, hay uno que sobresale por encima de todos: son pocas las personas que de verdad, con intimidad y trato personal, conocen a Cristo; muchos morirán sin saber apenas que Cristo vive y que trae la salvación a todos. En buena parte dependerá de nuestro empeño el que muchos lo busquen y lo encuentren. ¿Podremos permanecer indiferentes ante tantos que no conocen a Cristo? En el campo del Señor hay lugar y trabajo para todos. Nadie que pase junto a nosotros en la vida deberá de decir que no se sintió alentado por nuestro ejemplo y por nuestra palabra a amar más a Cristo. Ninguno de nuestros familiares o amigos debería decir al final de su vida que nadie se ocupó de ellos. III. El Papa Juan Pablo II, comentando esta parábola, nos invitaba a mirar este mundo con sus inquietudes y esperanzas, dificultades y problemas: “Es ésta la viña, y es éste el campo en que los fieles laicos están llamados a vivir su misión. Jesús les quiere, como a todos los discípulos, sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5 13-14)”. No son gratas al Señor las quejas estériles, que suponen falta de fe, ni siquiera un sentido negativo y pesimista de lo que nos rodea, sean cuales sean las circunstancias en las que se desarrolle nuestra vida. Trabajemos en la viña del Señor sin falsas excusas, sin añoranzas, sin agrandar las dificultades, sin esperar oportunidades mejores. El Dueño de la viña y su Madre Santísima nos ayudarán si somos piadosos.

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