Sábado 26 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

De nuevo, tras unos momentos de gloria, Jesús insiste en su pasión y muerte, y, de nuevo, sus discípulos no lo comprenden: «Nadie se escandalice de ver tan imperfectos a los apóstoles. Todavía no se había consumado el misterio de la Cruz, todavía no se les había dado la gracia del Espíritu Santo» (S. Juan Crisóstomo, Hom. in Mt. 65,2).

Meditación

Mediadora de todas las gracias

I. La Virgen Nuestra Señora cooperó de modo singularísimo a la obra de Redención de su Hijo durante toda su vida. En primer lugar, el libre consentimiento que otorgó en la Anunciación del Ángel era necesario para que la Encarnación se llevara a cabo. Su Maternidad divina la hizo estar unida íntimamente al misterio de la Redención hasta su consumación en la Cruz, donde Ella estuvo asociada de un modo particular y único al dolor y muerte de su Hijo. Allí nos recibió a todos, en la persona de san Juan, como hijos suyos. La Virgen es la Mediadora ante el Mediador, que es Hijo suyo. Ya en la tierra, María ejerció esta maternal mediación, y continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. La Iglesia la invoca con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora, y nos ha enseñado el camino seguro para alcanzar todo lo que necesitamos. Ella es la Omnipotencia suplicante. ¿Qué va a negar Jesús a quien le engendró y llevó en su seno nueve meses, y estuvo siempre con Él, desde Nazaret hasta su Muerte en la Cruz?

II. Todas las gracias, grandes y pequeñas, nos llegan por María. Los cristianos nos dirigimos a nuestra Madre para conseguir gracias de toda suerte, temporales y espirituales: la conversión de personas alejadas de su Hijo, y para nosotros una continua conversión del alma, ayuda para el apostolado, todas nuestras necesidades temporales. María es llamada desde la antigüedad “salud de los enfermos, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, reina de los Apóstoles, de los mártires…” En sus manos ponemos hoy todas nuestras preocupaciones y hacemos el propósito de acudir a Ella diariamente muchas veces, en lo grande y en lo pequeño. III. Nuestra Señora conoce bien nuestras necesidades, ruega por nosotros y nos consigue los bienes que necesitamos y como una madre llena de ternura ruega por nosotros. Un clamor grande sube en cada instante, de día y de noche: Ruega por nosotros pecadores, ahora… ¿Cómo no nos va a oír, cómo no va a atender estas súplicas? Confiadamente recordemos que jamás se ha oído decir, que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animado de esta confianza, a Vos acudo, Virgen Madre de las vírgenes… Madre de Dios, no desechéis mis súplicas (Oración Memorare). El Santo Rosario es la oración preferida de la Virgen; nosotros lo rezaremos con más amor a Nuestra Madre.

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