Domingo 27 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

San Juan Bautista había enseñado el camino de la santidad, anunciado el Reino de Dios y predicando la conversión. Los escribas y fariseos no le habían creído, a pesar de jactarse de una actitud oficial de fidelidad a los planes de Dios. Estaban representados por el hijo que dice «voy» y luego no va. En cambio los publicanos y las meretrices que se arrepintieron y rectificaron su vida les precederán en el Reino: vienen a ser el hijo que dice «no voy», pero luego va. El Señor pone de relieve que la penitencia y la conversión pueden enderezar y situar a todos en camino de santidad, aunque hayan vivido mucho tiempo alejados de Dios.

Meditación

La virtud de la obediencia

I. El Evangelio de la Misa (Mt, 21, 28-32) nos habla del hombre que tenía dos hijos, a quienes mandó trabajar en su viña. El primero contestó: No quiero. Sin embargo se arrepintió después y fue. El segundo dijo: Voy, señor; pero no fue. Preguntó Jesús cuál de los dos hizo la voluntad del padre. Y todos contestaron: el primero, el que de hecho fue a trabajar a la viña. Los escribas y fariseos se ufanaban de ser fieles cumplidores de la voluntad divina, pero no era así. Estaban representados por el hijo que dice “voy”, pero de hecho no va. Cuando llega a sus oídos la voluntad de Dios, por boca de Juan, no la cumplen, no supieron ser dóciles al querer divino. En cambio, muchos publicanos y pecadores atendieron su llamado a la penitencia y se arrepintieron: estaban representados por el hijo que al principio dijo “no voy”, pero finalmente obedeció y agradó a su padre con las obras. San Pablo (Flp 2, 1-11) nos pone de manifiesto el amor de Jesucristo a la virtud de la obediencia: Siendo Dios, se humilló a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Cristo obedece por amor; ése es el sentido de la obediencia cristiana, y así debemos obedecer nosotros a quienes debemos obediencia.

II. Una de las señales más claras de andar en el buen camino, el de la humildad, es el deseo de obedecer. La obediencia es lo contrario de la soberbia. Cristo nos ha enseñado por dónde hemos de dirigir nuestros pasos: lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero, recitan hoy los sacerdotes en la Liturgia de las Horas (I Vísperas. Salmo 119, 105). La obediencia nace de la libertad y conduce a una mayor libertad. Cuando el hombre entrega su voluntad en la obediencia conserva la libertad en la determinación radical y firme de escoger lo bueno y lo verdadero. El amor es lo que hace que la obediencia sea plenamente libre. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos (Jn 14, 15) nos dice el Señor. Y nosotros obedecemos porque estamos convencidos de que Sus mandamientos proceden del amor y nos hacen libres. III. Mejor la obediencia que las víctimas (1 S 15, 22), leemos en la Sagrada Escritura. ‘Y con razón se antepone la obediencia a las víctimas, porque mediante las víctimas se inmola la carne ajena, y en cambio por la obediencia se inmola la propia voluntad’ (San Gregorio Magno, Moralia), lo más difícil de entregar, porque es lo más íntimo y propio que poseemos. Por eso es tan grata al Señor y Su empeño, a quien los vientos y el mar obedecen (Mt 8, 27) por enseñarnos con Su palabra y con Su vida que el camino del bien, de la paz del alma y de todo progreso interior pasa por el ejercicio de esta virtud. Pidamos a la Virgen un gran deseo de identificarnos con Cristo mediante la obediencia, aunque algunas veces nos cueste.

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