Miércoles 30 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

Al encaminarse decididamente a Jerusalén, hacia la cruz, Jesús cumple la voluntariamente el designio del Padre, que había determinado que por su pasión y muerte llegase la resurrección y ascensión gloriosa. En el comienzo de su ministerio Jesús había sido rechazado por los de Nazaret; ahora, al iniciar esta nueva etapa, lo es por los samaritanos. Ambos rechazos indican que el cumplimiento de su misión evangelizadora y salvadora no será tarea fácil.

Meditación

Camino de Jerusalén

I. Cuando en una ciudad de samaritanos no recibieron a Jesús porque daba la impresión de ir a Jerusalén (Lc 9 52-56), los Apóstoles se enojaron profundamente. Santiago y Juan le propusieron a Jesús: ‘¿Quieres que mandemos que caiga fuego del cielo y los consuma?’ El Señor aprovecha la ocasión para enseñarles que es preciso querer a todos, comprender incluso a quienes no nos comprenden. Muchos pasajes del Evangelio nos señalan los defectos de los apóstoles aún sin limar, y cómo van calando en su corazón las palabras y el ejemplo del Maestro. Dios cuenta con el tiempo, y con las flaquezas y defectos de los discípulos de todas las épocas. Más tarde, san Juan escribirá: ‘El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es caridad’. Sin dejar de ser él, el Espíritu Santo fue transformando poco a poco su corazón. Para nosotros, que tenemos tantos defectos, es un estímulo lleno de esperanza ver a san Juan, quien por su humildad, llegó a la santidad.

II. Desde Pentecostés, el Espíritu Santo no ha cesado de actuar en el alma de los discípulos de Cristo de todas las épocas, para llevarlos a la santidad. Sus inspiraciones son a veces rápidas como el rayo; otras veces actúa directamente moviendo al bien, inspirando, sugiriendo; otras lo hacen a través de los consejos de la dirección espiritual, de un acontecimiento, de la actitud ejemplar de una persona, de la lectura de un libro bueno. San Juan no cambió en un instante. Ni siquiera después de las palabras de Jesús. Pero no se desanimó ante sus errores, puso empeño, permaneció junto al Maestro, y la gracia hizo el resto. III. Nosotros no debemos desanimarnos por nuestros errores y flaquezas. Para combatir con eficacia en la vida interior, debemos conocer bien nuestro defecto dominante, el que en cada uno de nosotros tiende a prevalecer sobre los demás y, como consecuencia, se hace presente en la manera de opinar, de juzgar, de querer y de obrar (R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior): la vanidad, la pereza, la impaciencia, la falta de optimismo, la tendencia a juzgar mal… No subimos todos por el mismo camino hacia la santidad: unos han de fomentar sobre todo la fortaleza; otros la esperanza o la alegría. Debemos preguntarnos en donde tenemos puestos nuestros deseos, qué es lo que más nos preocupa, qué nos hace perder la paz o la alegría, y cuál tentación se presenta con más frecuencia. Nos ayudará sobremanera vivir el examen particular en un punto concreto. En María, encontraremos siempre la paz y el gozo, para caminar tomados de su mano hasta el Señor.

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