Lunes 5 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

Hay una jerarquía y un orden en estos dos mandamientos que constituyen el doble precepto de caridad: ante todo y sobre todo amar a Dios por sí mismo; en segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, amar al prójimo, porque ésa es la voluntad explícita de Dios (1 Jn 4,21). En este pasaje del Evangelio se encierra también otra enseñanza fundamental: la Ley de Dios no es algo negativo, «no hacer», sino algo claramente positivo, es amor; la santidad, a la que todos los bautizados están llamados, no consiste tanto en no pecar, sino en amar, en hacer cosas positivas, en dar frutos de amor de Dios. Cuando el Señor nos describe el Juicio Final recalca ese aspecto positivo de la Ley de Dios (Mt 25,31-46). El premio de la vida eterna se concederá a los que hicieron el bien.

Meditación

Y cuidó de él

I. La parábola del Buen Samaritano es uno de los relatos más bellos y entrañables de los Evangelios. En ella, el Señor nos enseña quién es nuestro prójimo y cómo se ha de vivir la caridad con todos. Muchos Padres de la Iglesia y escritores antiguos identifican a Cristo con el Buen Samaritano (San Agustín, Sermón sobre las palabras del Señor). Jesús, movido por la compasión y la misericordia, se acercó al hombre, a cada hombre, para curar sus llagas, haciéndolas suyas. Toda su vida en la tierra fue un continuo acercarse al hombre para remediar sus males materiales o espirituales. Esta misma compasión hemos de tener nosotros de tal manera que nunca pasemos de largo ante el sufrimiento ajeno. Aprendamos de Jesús a pararnos, sin prisas, ante quien, con las señales de su mal estado, está pidiendo socorro físico o espiritual. En la caridad atenta, los demás verán a Cristo mismo que se hace presente en sus discípulos.

II. Jesús nos enseña en esta parábola que nuestro prójimo es todo aquel que está cerca de nosotros –sin distinción de raza, de afinidades políticas, de edad…– y necesite nuestro socorro. El Maestro nos ha dado ejemplo de lo que debemos hacer nosotros: una compasión efectiva y práctica, que pone el remedio oportuno, ante cualquier persona que encontremos lastimada por el camino de la vida. Estas heridas pueden ser muy diversas: lesiones producidas por la soledad, por la falta de cariño, por el abandono; necesidades del cuerpo: hambre, vestido, casa, trabajo…; la herida profunda de la ignorancia; llagas producidas en el alma por el pecado, que la Iglesia cura con la Confesión. Debemos poner todos los medios para remediar esas situaciones como Cristo lo haría, con verdadero amor, poniendo en ello el corazón. III. Buen samaritano es todo hombre que se para junto al sufrimiento de otro hombre. Dios nos pone al prójimo con sus necesidades y carencias en el camino de la vida, y el amor hace lo que la hora y el momento exigen. A todos hemos de acercarnos en sus necesidades, pero, porque la caridad es ordenada, debemos dirigirnos de modo muy particular a quienes están más próximos porque Dios los ha puesto –familia, amigos, compañeros…– o porque ha querido a través de las circunstancias de la vida que pasemos a su lado para cuidarles. Después de aconsejar que no indaguemos porqué otros no lo han hecho, especialmente si son heridas del alma, San Juan Crisóstomo dice: “Has de saber que cuando encuentras a tu hermano herido, has encontrado algo más que un tesoro: el poder cuidarle” (Contra Iudeos).

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