Viernes 9 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

La obstinación de los enemigos de Jesús no cede ni ante la evidencia del milagro. Puesto que no pueden negar el valor extraordinario del hecho, lo atribuyen a artes demoníacas, con el intento de negar que Jesús es el Mesías. El Señor les replica con un razonamiento que no admite escapatoria: las expulsiones de demonios que hace son pruebas evidentes de que con Él ha llegado el Reino de Dios. El Concilio Vaticano II ha recordado de nuevo esta verdad: «Nuestro Señor Jesús dio comienzo a su Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del Reino de Dios prometido desde los siglos en la Escritura (…). Los milagros de Jesús confirman que el Reino ya ha llegado a la tierra: ‘Si yo expulso a los demonios por el dedo de Dios, está claro que el Reino de Dios ha llegado a vosotros’ (Lc 11,20; cfr Mt 12,28). Pero sobre todo, el Reino de Dios se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, que vino a servir y a dar su vida en redención por muchos (Mc 10,45)» (Lumen gentium, n. 5).

Meditación

La voluntad de Dios

I. Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo, rogamos a Dios en la tercera petición del Padrenuestro. Queremos alcanzar del Señor las gracias necesarias para que podamos cumplir aquí en la tierra todo lo que Dios quiere. La mejor oración es aquella que transforma nuestro deseo, hasta conformarlo, gozosamente, con la voluntad divina, hasta poder decir con Jesús: No se haga mi voluntad, Señor, sino la tuya. Si es así nuestra oración, siempre saldremos beneficiados, pues no hay nadie que quiera tanto nuestro bien y nuestra felicidad como el Señor. Querer hacer la voluntad de Dios en todo, aceptarla con gozo y amarla, no “es la capitulación del más débil ante el más fuerte, sino la confianza del hijo en el Padre, cuya bondad nos enseña a ser plenamente hombres: Lo cual implica el descubrimiento de la condición de nuestra grandeza” (G. Chevrot, En lo secreto), la filiación divina.

II. En muchos momentos, nuestro querer natural coincide con el de Dios. Todo entonces parece sereno y suave. Sin embargo, el camino que lleva directamente a Dios, nos llevará en tantas ocasiones por senderos distintos a los que nosotros, con un criterio exclusivamente humano, hubiéramos escogido. Y el Espíritu Santo quizá nos diga en la intimidad de nuestro corazón: ‘Mis caminos no son vuestros caminos…’ (Is 55, 8). Es entonces cuando podemos purificar el propio yo, la propia voluntad inclinada exclusivamente a uno mismo, incluso en asuntos nobles, e iremos al Sagrario a ver a Jesús; ahí comprenderemos que nuestro querer más íntimo es precisamente aceptar y amar la voluntad de Dios. Nuestra meta será: hacer siempre, también en lo pequeño, en las tareas ordinarias, lo que Dios quiere que hagamos. Así, nuestra vida se convertirá en un continuo acto de amor. III. En algunas situaciones humanamente difíciles, debemos decir con paz: “¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero!”. Pueden ser ocasiones extraordinarias para confiar más y más en nuestro Padre. Esa voluntad divina que aceptamos puede llamarse sufrimiento, enfermedad o pérdida de un ser querido. O quizá son hechos que nos llegan por los simples sucesos de cada jornada o el transcurrir de los años. También nosotros podremos decir con Santa Teresa: “Dadme riqueza o pobreza, dadme consuelo o desconsuelo, dadme alegría o tristeza… ¿Qué mandáis hacer de mí?” Y agregamos: Señor, Dios mío, en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno (S. Josemaría, Vía Crucis).

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