Domingo 11 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

El Concilio Vaticano II recuerda la verdad de los ‘novísimos’, uno de cuyos aspectos declara este evangelio. Al hablar de la índole escatológica de la Iglesia, evoca la advertencia del Señor de que estemos vigilantes contra las asechanzas del demonio, para poder resistir en el día malo. «Pero, como no sabemos ni el día ni la hora, por aviso del Señor, debemos vigilar constantemente para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cfr Heb 9,27), merezcamos entrar con Él a las bodas, y ser contados entre los elegidos (cfr Mt 25,31-46), no sea que como aquellos siervos malos y perezosos (cfr Mt 25,26) seamos arrojados al fuego eterno (cfr Mt 25,41), a las tinieblas exteriores en donde habrá llano y crujir de dientes» (Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 48).

Meditación

Los invitados al banquete

I. La liturgia de este domingo presenta la salvación como un banquete regio, símbolo de todos los bienes, al que Dios nos invita. Desde antiguo, y mediante símbolos fácilmente comprensibles, los Profetas habían anunciado el Cielo como destino definitivo de la humanidad. El Salmo responsorial nos dice: El Señor es mi pastor, me conduce hacia fuentes tranquilas. Me guía por el sendero justo (Salmo 22). Jesús es nuestro Pastor y de mil maneras nos invita a seguirle, pero no quiere obligarnos a ir contra nuestra voluntad. Y aquí está el misterio del mal: los hombres podemos rehusar este ofrecimiento. El Evangelio nos habla de este rechazo: El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Pero los invitados no quisieron asistir al banquete a pesar de la insistencia del rey. El Señor ofrece bienes inimaginables, y los hombres en muchas ocasiones no los valoramos. Los convidados pueden estar representados hoy por esos hombres que, sumergidos en sus asuntos y negocios, parecen no necesitar para nada a Dios.

II. Una y otra vez se repite, a través de las Escrituras, la solicitud de Dios, el afán divino por una intimidad mayor con el hombre, que culminará en el encuentro definitivo con Él en el Cielo, dentro de un tiempo, quizá no muy largo. ¿Cómo es nuestra correspondencia a las mil llamadas que nos hace llegar el Señor? ¿Cómo es nuestra oración, que nos adentra en la intimidad con Dios, pues el Cielo comienza ya aquí en la tierra? ¿Nos excusamos fácilmente ante un compromiso de un mayor amor, de una honda correspondencia? ¿Nos sentimos responsables de que llegue a muchos la invitación divina? ¿Nos interesa y nos preocupa la salvación de todos aquellos que conocemos? Ante la salvación, bien absoluto, no hay ninguna excusa que sea razonable. Es muy grave rechazar la invitación divina, vivir como si Dios no fuera importante y el encuentro definitivo con Él estuviera tan lejano que no mereciera la pena prepararse para él. III. Id pues, a los cruces de los caminos y llamad a las bodas… Son las palabras dirigidas a nosotros, a todos los cristianos, pues la voluntad salvadora de Dios es universal (1 Tim 2, 4): abarca a todos los hombres de todas las épocas. Cristo, en su Amor por los hombres, busca la conversión de cada alma con infinita paciencia, hasta el extremo de morir en la Cruz. Como a Jesús, nos ha de interesar la salvación de todas las almas, llevarlas una a una hasta el Señor. Nadie puede pasar a nuestro lado sin hablarles de Dios. Nuestra Madre Santa María nos enseñará a tratar a cada persona con el interés y el aprecio con que la mira su Hijo.

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