Miércoles 14 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

«Sepulcros que no se ven»: Según la Antigua Ley quien tocase una sepultura quedaba impuro durante siete días; sin embargo, podía ocurrir que con el paso del tiempo, a causa de la tierra acumulada y de la hierba que la cubría, la sepultura quedase imperceptible para quien pasara por encima. El Señor toma este símil para desenmascarar la hipocresía de sus interlocutores: son cumplidores de los más pequeños detalles pero olvidan los deberes fundamentales, la justicia y el amor a Dios. Limpios por fuera y al mismo tiempo con un corazón lleno de malicia y podredumbre, disimulan para parecer justos y, como viven de las apariencias, se preocupan por cultivarlas; saben que la virtud es motivo de honor, y se interesan por simularla. Esto es, su vida se caracteriza por la doblez y el dolo.

Meditación

La tentación y el mal

I. ‘No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal’, rogamos al Señor en la última petición del Padrenuestro. El diablo, que existe, no deja de rondar alrededor de cada criatura para sembrar la inquietud, la ineficacia, la separación de Dios. “El hombre actual no quiere ver este problema. Hace todo lo posible por eliminar de la conciencia general la existencia de esos ‘dominadores de este mundo tenebroso’, de esos ‘astutos ataques del diablo’ de los que habla la Carta a los Efesios” (Juan Pablo II, Homilía). Jesús, nuestro Modelo, quiso ser tentado para enseñarnos a vencer y para que nos llenemos de ánimo y de confianza en todas las pruebas. Seremos tentados de una forma u otra a lo largo de la vida. Quizá más cuanto mayor sea nuestro deseo de seguir a Cristo de cerca. Hemos de estar alerta, con la vigilia del soldado en el campamento, y de tener presente que nunca seremos tentados más allá de nuestras fuerzas. Podemos vencer en toda circunstancia si huimos de las ocasiones y pedimos los auxilios oportunos.

II. La tentación es todo aquello –bueno o malo en sí mismo– que tiende a separarnos del cumplimiento amoroso de la voluntad de Dios. Él permite que seamos tentados porque persigue un bien superior, y ha dispuesto que también de las pruebas saquemos provecho. A veces son un medio insustituible para acercarnos filialmente a nuestro Padre. Nos hacen ver lo débiles que somos y lo cerca que estaríamos del pecado si el Señor no nos ayudara, y nos enseñan a disculpar con más facilidad los defectos de los demás. La tentación será una ocasión excelente para aumentar la devoción a la Virgen, para crecer en humildad, para ser dóciles en la dirección espiritual. No debemos asustarnos ni desanimarnos. Nada nos separa de Dios si la voluntad no lo permite. III. Para vencer, hemos de pedir ayuda a Nuestro Señor, que está siempre de nuestra parte en la pelea. Todo lo puedo en Aquel que me confortará (Flp 4,13). Contamos con el auxilio de nuestro Ángel Custodio, puesto por nuestro Padre Dios para que nos proteja siempre que lo necesitamos. La oración personal, la mortificación, la Confesión frecuente, el trabajo intenso evitando la ociosidad y la pereza, nos ayudarán a combatir la tentación. Y si acudimos a la Virgen, siempre saldremos vencedores, aun de las pruebas en que nos sentíamos más perdidos.

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