Sábado 31 de Octubre

Reflexión sobre el evangelio

La humildad es tan necesaria para la salvación que Jesús aprovecha cualquier circunstancia para ponerlo de relieve. Aquí se sirve de las actitudes que observa entre los asistentes a aquel banquete para insistir de nuevo que en el banquete celestial es Dios quien nos asigna el puesto. «La conciencia de la magnitud de la dignidad humana –de modo eminente, inefable, al ser constituidos por la gracia en hijos de Dios– junto con la humildad, forma en el cristiano una sola cosa, ya que no son nuestras fuerzas las que nos salvan y nos dan la vida, sino el favor divino. Es ésta una verdad que no puede olvidarse nunca» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 133).

Meditación

El mejor puesto

I. Hoy que es sábado, nos acercamos a Santa María, para que nos enseñe a progresar en esa virtud que es fundamento de todas las demás, que es la humildad. Es tan necesaria para la salvación, que Jesús aprovecha cualquier circunstancia para ensalzarla. Jesús observa durante un banquete, a los invitados que se dirigirían atropelladamente a los primeros lugares. Jesús se situaría probablemente en un lugar discreto o donde le indicó el que le había invitado. Él sabe estar, y a la vez se da cuenta de aquella actitud poco elegante que adoptan los comensales. Éstos, por otra parte, se equivocaron radicalmente porque no supieron darse cuenta de que el mejor puesto se encuentra siempre al lado de Jesús. Hoy también vemos en la vida de los hombres, la misma actitud: ¡cuánto esfuerzo para ser considerados y admirados, y qué poco para estar cerca de Dios!

II. La Virgen nos enseña el camino de la humildad. Esta virtud consiste esencialmente en inclinarse ante Dios y ante todo lo que hay de Dios en las criaturas (R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior), y reconocer nuestra pequeñez e indigencia ante la grandeza del Señor. Este anonadamiento no empequeñece, no acorta las verdaderas aspiraciones de la criatura, sino que las ennoblece y les da nuevas alas, les abre horizontes más amplios. Cuando Nuestra Señora es elegida para ser Madre de Dios, se proclama enseguida su esclava (Lc 1, 38). No vivió pendiente de sí misma, sino pendiente de Dios, de Su voluntad. Nunca buscó su propia gloria, ni aparentar, ni ser considerada, ni recibir halagos por ser la Madre de Jesús. Ella sólo buscó la gloria de Dios. En Ella se cumplieron de manera eminente las palabras de Jesús al final de la parábola del Evangelio (Lc 14, 1; 7-11): El que se humilla, el que ocupa su lugar ante Dios y ante los hombres, será ensalzado. III. La humildad nos hará descubrir que todo lo bueno que existe en nosotros viene de Dios, tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia. Lo específicamente nuestro es la flaqueza y el error. La humildad nada tiene que ver con la timidez o la mediocridad. Lejos de apocarse, el alma humilde se pone en manos de Dios, y se llena de alegría y agradecimiento cuando Dios quiere hacer cosas grandes a través de ella. La persona humilde acude con frecuencia a la oración, es agradecida, tiene especial facilidad para la amistad, y por lo tanto para el apostolado; vive la caridad con delicadeza y es alegre. Acudamos a Nuestra Madre, esclava del Señor, causa de nuestra alegría, para que nos ayude a encontrar el camino de la humildad.

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