Domingo 1 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

«Dichosos los limpios de corazón»: La doctrina de Cristo enseña que la raíz de la calidad de los actos humanos está en el corazón, es decir, en el interior del hombre, en el fondo de su espíritu: «Cuando hablamos del corazón humano no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. Y, en el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones. Un hombre vale lo que vale su corazón, podemos decir con lenguaje nuestro» (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 164). La limpieza de corazón es un don de Dios que se manifiesta en la capacidad de amar, en la mirada recta y limpia para todo lo noble. Como dice el Apóstol, «cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo y de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima» (Flp 4,8).

Meditación

Todos los santos

I. Hoy recordamos temas fundamentales de nuestra fe cristiana, como la Comunión de los Santos, el destino universal de la salvación, la fuente de toda santidad (que es Dios mismo), la esperanza cierta en la futura e indestructible unión con el Señor, la relación existente entre salvación y sufrimiento y la bienaventuranza que desde ahora caracteriza a aquellos que se hallan en las condiciones descritas por Jesús. Pero la clave de la fiesta de hoy es la alegría. Por ello hemos rezado en la antífona de entrada: “Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos” (Juan Pablo II). Recordemos que somos parte de la gran familia de los santos: los del Cielo y los de la tierra.

Pensemos en aquellos que pasaron por este mundo con dificultades y tentaciones parecidas a las nuestras, y vencieron. Es esa muchedumbre enorme, de toda nación, raza, pueblo y lengua, según nos recuerda la Primera lectura de la Misa (Ap 7, 9). Todos están marcados en la frente y vestidos con vestiduras blancas, lavadas en la sangre del Cordero (Ap 7, 39). La marca y los vestidos son símbolos del Bautismo, que imprime en el hombre, para siempre, el carácter de la pertenencia a Cristo, y la gracia renovada y acrecentada por los sacramentos y las buenas obras.

Algunos de estos Santos han sido reconocidos como tales por la Iglesia, y los recordamos en algún día preciso. Pero hoy festejamos y pedimos ayuda a esa multitud incontable que alcanzó el Cielo después de pasar por este mundo sembrando amor y alegría; recordamos a los que mientras vivieron hicieron un trabajo similar al nuestro: operarios, oficinistas, campesinos, maestros, comerciantes, secretarias. A la luz de la fe, forman “un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos en la tierra, pero mirados con amor por el Padre. Se trata de hombres y mujeres que en la vida y acción de cada día, actuaron como trabajadores incansables en la viña del Señor; son los que correspondieron a la gracia de Dios y contribuyeron al crecimiento del Reino de Dios en la historia” (Juan Pablo II). Son aquellos que supieron “con la ayuda de Dios conservar y perfeccionar en su vida la santificación que recibieron en el Bautismo” (Conc. Vat. II).

Todos hemos sido llamados a la plenitud del Amor, a luchar contra las propias pasiones y tendencias desordenadas, a recomenzar siempre que sea preciso, pues “los discípulos de Jesús están llamados a vivir en comunión con el Padre (1 Jn 1, 3) y con su Hijo muerto y resucitado, en ‘la comunión en el Espíritu Santo’ (2 Co 13, 13)” (Documento de Aparecida 155).

II. En la Solemnidad de hoy, con alegría celebramos la gloria de la Jerusalén celestial, donde una multitud de hermanos nuestros alaban a Dios eternamente. Hacia ella nos encaminamos alegres, guiados por la fe y animados por la gloria de los Santos; en ellos, miembros gloriosos de su Iglesia, encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad (Misal Romano).

Nosotros somos todavía la Iglesia peregrina que se dirige al Cielo; y, mientras caminamos, hemos de reunir el tesoro de acciones buenas con el que un día nos presentaremos ante nuestro Dios. Hemos sido llamados a la plenitud de la vida en Cristo. Nos llama el Señor en una ocupación o en un trabajo, para que allí le encontremos, haciéndolo con perfección humana y con sentido sobrenatural porque se ofrece a Dios, actuando con amor hacia las personas que tratamos, viviendo la misericordia y el perdón. La contemplación, que es trato de amistad Dios, la podemos y debemos lograr a través de la vida corriente que se repite a diario, pues “a todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). Para todos, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo y situación de vida, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas” (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 55). Quienes están en el cielo, si alguna vez no fueron fieles, se arrepintieron y recomenzaron el camino de nuevo. Eso hemos de hacer nosotros: ganarnos el Cielo cada día.

III. Muchos de los que gozan de la presencia de Dios no tuvieron ocasión en su vida de realizar grandes hazañas, pero cumplieron sus deberes diarios con amor y eso es lo que cuenta. Tuvieron errores y faltas de paciencia, de pereza, de soberbia, tal vez pecados graves, pero amaron la Confesión, y se arrepintieron, y recomenzaron. Amaron mucho y tuvieron una vida con frutos, porque supieron sacrificarse por Cristo. Conocieron, la enfermedad, el sufrimiento, el dolor, la falta de ánimo en la que todo les costaba; sufrieron fracasos y éxitos; conocieron y llevaron a la práctica las palabras del Señor, que hoy también nos trae la Liturgia de la Misa: Vengan a mí, todos los que están agobiados y saturados, y Yo los aliviaré (Mt 11, 28). Se apoyaron en el Señor, fueron muchas veces a estar junto al Sagrario; no dejaron por ello de tener cada día una conversación con Él en la oración, en la Eucaristía, en el amor al prójimo.

Nosotros nos encontramos peregrinando hacia el Cielo como misioneros y necesitamos de la misericordia del Señor, que es grande y nos mantiene día a día. Pensemos muchas veces en Dios y en las gracias que tenemos, especialmente en los momentos de tentación o de desánimo.

En el cielo nos espera una multitud incontable de amigos. Ellos “pueden prestarnos ayuda, no sólo porque la luz del ejemplo brilla sobre nosotros y permite que veamos lo que tenemos que hacer, sino también porque nos auxilian con sus oraciones, que son fuertes y sabias. Cuando miremos en una noche de noviembre el firmamento constelado de estrellas, pensemos en los innumerables santos del Cielo, que están dispuestos a ayudarnos…” (R. A Knox). Nos llenará de esperanza en los momentos difíciles. En el Cielo nos espera la Virgen para darnos la mano y llevarnos a la presencia de su Hijo, y de tantos seres queridos como allí nos aguardan.

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