Viernes 6 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

El administrador infiel se las ingenia para resolver su futura situación de indigencia. El Señor da por supuesto –era evidente– la inmoralidad de tal actuación. Resalta y alaba, sin embargo, la agudeza y empeño que demuestra este hombre para sacar provecho material de su antigua condición de administrador. Jesús quiere que en la salvación del alma y en la propagación del Reino de Dios apliquemos, al menos, la misma sagacidad y el mismo esfuerzo que ponen los hombres en sus negocios materiales o en la lucha por hacer triunfar un ideal humano. El hecho de contar con la gracia de Dios no exime en modo alguno de poner todos los medios humanos honestos que sean posibles, aunque ello suponga esfuerzo arduo y sacrificio heroico.

Meditación

Rezar por los difuntos

I. En este mes de Noviembre, la Iglesia, como buena Madre, multiplica los sufragios por las almas del Purgatorio y nos invita a meditar sobre el sentido de la vida a la luz de nuestro fin último: la vida eterna, a la que nos encaminamos deprisa. La liturgia nos recuerda que a las almas que se purifican en el Purgatorio llega el amor de sus hermanos de la tierra, que se puede merecer por ellas, y acortar esa espera del Cielo. La muerte no destruye la comunidad fundada por el Señor, sino que la perfecciona. La unión en Cristo es más fuerte que la separación corporal, porque el Espíritu Santo es un poderoso vínculo de unión entre los cristianos. En la Santa Misa hay un lugar fijo para recomendar a Dios nuestros difuntos. Esta verdad –la de poder interceder por quienes nos precedieron–, fue declarada solemnemente como verdad de fe en el II Concilio de Lyon (Profesión de fe de Miguel Paleólogo, Dezinger 464). Examinemos hoy cómo es nuestra oración por los difuntos: es una gran obra de misericordia, muy grata al Señor.

II. Aunque nuestros pecados se perdonan en la Confesión sacramental, subsiste un reato, o resto, de pena, que ha de repararse en esta vida con el cumplimiento de la penitencia impuesta en la Confesión, de otras buenas obras, o mediante las indulgencias concedidas por la Iglesia. El alma que sale de este mundo sin la debida reparación, o con pecados veniales y faltas de amor a Dios, deberá purificarse en el Purgatorio (S.C. Para la doctrina de la fe, Carta a los Obispos sobre algunas cuestiones referentes a la escatología), pues en el Cielo no puede entrar nada sucio (Ap 21, 27). Allí ya no se puede merecer y no pueden aumentar su amor a Dios, y las almas solamente satisfacen por sus manchas o culpas. Y aunque hay un dolor inimaginable, existe la gran alegría de saberse confirmadas en gracia y destinadas a la felicidad eterna. Nosotros podemos merecer y ayudar a las almas que se preparan para entrar en el Cielo, principalmente con la Santa Misa, y con el Santo Rosario, el ofrecimiento de nuestras buenas obras, la enfermedad y el dolor. III. Particular importancia en la ayuda que podemos prestar a las almas del Purgatorio tienen las indulgencias, plenarias o parciales, que pueden aplicarse como sufragio. Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica) y otros teólogos nos enseñan que las almas del Purgatorio pueden acordarse de las personas queridas que dejaron en la tierra e interceder por ellas. No dejemos de acudir a ellas y seamos generosos con los sufragios que ofrecemos para acortar su entrada al Cielo.

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