Domingo 8 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

La enseñanza principal de la parábola es la exhortación a la vigilancia: en la práctica es tener la luz de la fe, que se mantiene viva con el aceite de la caridad. Entre los hebreos las bodas se celebraban en casa del padre de la desposada. Las vírgenes son las jóvenes no casadas, damas de honor de la novia, que esperan en casa de ésta la venida del esposo. La atención de la parábola se centra en la actitud que se debe adoptar hasta la llegada del esposo. En efecto, no es suficiente saberse dentro del Reino, la Iglesia, sino que es preciso estar vigilantes y prevenir con buenas obras la venida de Cristo.

Esa vigilancia ha de ser continua, perseverante, porque continuo es el ataque del demonio que, «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1 P 5,8). «Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad, con las obras (…); prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen (…), aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al esposo por el Amor, para que Él te introduzca a la sala del banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá» (S. Agustín, Sermo. 93,17).

Meditación

Parábola de las diez vírgenes

I. La parábola (Mt 25, 1-13) y la liturgia de hoy, se centra en el esposo que llega a medianoche, en un momento inesperado, y en la disposición con que encuentra a quienes han de participar con él en el banquete de bodas, especialmente las diez vírgenes que habían recibido un encargo de confianza: Aguardarlo con las lámparas encendidas con el aceite necesario. El esposo es Cristo que llega a una hora desconocida; las vírgenes representan a toda la humanidad; unos se encontrarán vigilantes, con buenas obras; otros, descuidados, sin aceite para las lámparas: es el instante en que llega Dios a cada alma, el momento de la muerte. Para nosotros lo primero en la vida, lo verdaderamente importante, es entrar en el banquete de bodas que Dios mismo nos ha preparado. Todo lo demás es relativo y secundario: el éxito, la fama, la pobreza o la riqueza, la salud o la enfermedad. Todo eso será bueno si nos ayuda a mantener la lámpara encendida con una buena provisión de aceite, que son las buenas obras, especialmente la caridad.

II. Inmediatamente después de la muerte tendrá lugar el juicio llamado particular, en que el alma, con una luz recibida de Dios, verá en unos instantes y con toda profundidad los méritos y las culpas de su vida en la tierra, sus buenas obras y sus pecados. ¡Qué alegría nos darán entonces nuestras jaculatorias, las genuflexiones hechas con amor, las horas de trabajo ofrecidas a Dios, las obras de misericordia, la sonrisa que nos costó cuando estábamos cansados! ¡Qué dolor por las veces que ofendimos a Dios, las horas de estudio o de trabajo que no merecieron llegar hasta el Señor, las oportunidades perdidas para hablar de Dios! ¡Qué pena por tanta falta de generosidad y de correspondencia a la gracia!, ¡Qué pena por tanta omisión! Inmediatamente después de la muerte, entrará al banquete de bodas o se encontrará con las puertas cerradas para siempre. Meditemos hoy sobre el estado de nuestra alma y el sentido que le damos a nuestros días. ¡Sé bien, Señor, que nada de lo que hago tiene sentido si no me acerca a Ti! III. “Hay olvidos que no son falta de memoria, sino falta de amor” (S. Josemaría Escrivá, cita por F. Suárez. Después) La persona que ama no se olvida de la persona amada. Cuando el Señor es lo primero no nos olvidamos de Él. Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora. Para eso necesitamos hacer bien el examen diario de conciencia, que ponga ante nuestros ojos, con la luz divina, los motivos últimos de nuestros pensamientos, obras y palabras, y poder aplicar con prontitud los remedios oportunos. Nuestra Señora nos ayudará a purificar nuestra vida, y nuestro Ángel Custodio no nos abandona ahora ni en el momento de nuestra muerte.

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